Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Svidrigailof no se mostró en modo alguno ofendido por el calificativo que Raskolnikof acababa de aplicar a sus propósitos, y exclamó con ingenuo temor:
‑¿De veras se me han escapado frases y reflexiones que le han hecho pensar a usted eso?
‑En este mismo momento está usted dejando entrever sus fines. ¿De qué se ha asustado? ¿Cómo explica usted esos repentinos temores?
‑¿Que yo me he asustado? ¿Que tengo miedo? ¿Miedo de usted? Es usted el que puede temerme a mí, cher ami. ¡Qué tonterías! Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo. Si bebiera un poco más podría cometer algún disparate. ¡Que se vaya al diablo la bebida! ¡Eh, traedme agua!
Cogió la botella de champán y la arrojó por la ventana sin contemplaciones. Felipe le trajo agua.
‑Todo eso es absurdo ‑añadió, empapando una servilleta y aplicándosela a la frente‑. En dos palabras puedo reducir a la nada sus suposiciones. ¿Sabe usted que voy a casarme?
‑Ya me lo dijo.