Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑SÃ, escuchaba detrás de la puerta… Venga, venga a mi alojamiento. Aquà ni siquiera hay donde sentarse.
Volvieron a las habitaciones de Svidrigailof y éste invitó a la joven a sentarse en la pieza que utilizaba como sala. Él se sentó también, pero a una prudente distancia, al otro lado de la mesa. Sin embargo, sus ojos tenÃan el mismo brillo ardiente que hacÃa unos momentos habÃa inquietado a Dunetchka. Ésta se estremeció y volvió a mirar en torno a ella con desconfianza. Fue un gesto involuntario, pues su deseo era mostrarse perfectamente serena y dueña de sà misma. Pero el aislamiento en que se hallaban las habitaciones de Svidrigailof habÃa acabado por atraer su atención. De buena gana habrÃa preguntado si la patrona estaba en casa, pero no lo hizo: su orgullo se lo impidió. Por otra parte, el temor de lo que a ella le pudiera ocurrir no era nada comparado con la angustia que la dominaba por otras razones. Esta angustia era para Dunia un verdadero tormento.