Diario de un escritor
Diario de un escritor «Es la primera vez que se pone asà en tres meses —se dice la sufriente dama, midiéndola con los ojos—. ¡DeberÃa hablarme! ¡SÃ, deberÃa! Su obligación es distraerme, consolarme; es la institutriz y por lo tanto tiene que desvivirse, colmarme de atenciones. ¡Aunque la culpa de todo la tiene ese chisgarabÃs!» y sigue mirando de reojo, llena de rencor, a la muchacha. Su orgullo le impide dirigirle la palabra. Entre tanto, la muchacha sueña con San Petersburgo, que acaban de dejar atrás, con las patillas de su primo, con un oficial amigo suyo, con dos estudiantes. Sueña con un cÃrculo en que se reúnen muchos estudiantes de ambos sexos, y al que ya la han invitado.
«¡Que se vayan al diablo! —decide la institutriz de una vez por todas—. Me quedaré un mes más en casa de estos memos, aunque, como siga aburriéndome de esta manera, me largo a San Petersburgo. Y, si no tengo nada que zampar, me haré comadrona. ¡Se acabó!»
El barco llega por fin a puerto y todos se abalanzan hacia la salida, como escapando del aire viciado de un calabozo. ¡Qué dÃa tan caluroso! ¡Qué cielo tan claro y magnÃfico! Pero no hay tiempo para mirar el cielo. Tenemos prisa, mucha prisa; y el cielo no va a marcharse de ahÃ.
El cielo es algo cotidiano; el cielo es una cosa de nada. En cambio, vivir no es ninguna broma.