Diario de un escritor
Diario de un escritor Entre tanto, el milord traba conocimiento con la esposa del general. Había olvidado por completo que su apellido de soltera era S. y ni siquiera lo sospechaba. Ahora, de pronto, se acuerda de cuando era una jovencita de dieciséis años. La mujer del general lo trata con cierta altanería y negligencia, pero sólo por guardar las formas. Está haciendo ganchillo y apenas le mira; pero el milord se vuelve cada vez más amable y se anima; cierto que masculla y suelta perdigones al hablar, pero tiene una manera maravillosa de narrar (en francés, naturalmente), recuerda anécdotas encantadoras y dice cosas verdaderamente ingeniosas… ¡Y cuántos chismes conoce! La mujer del general sonríe cada vez más a menudo. El encanto de una mujer fascinante ejerce una influencia poderosa sobre el milord, que acerca cada vez más a ella su silla plegable y acaba derritiéndose del todo y riendo de un modo extraño… Y eso ya es más de lo que puede soportar la pobre «señora distinguida». Le entra un tic (tic douloureux), se dirige al camarote reservado a las damas, a un departamento privado, en compañía de la institutriz y de Nina. Le aplican fomentos empapados en vinagre, se oyen gemidos. La institutriz presiente que «la mañana se ha echado a perder» y se enfurruña bastante. No quiere hablar, sienta a Vera en una silla y se pone a mirar un libro que, por lo demás, no lee.