Diario de un escritor
Diario de un escritor Todo acaba en que el administrador de la provincia se da por vencido y, después de presentar el milord a su mujer, se dirige a su camarote, donde, gracias a los buenos oficios del capitán, tiene ya preparada una partida de naipes. Todos conocen el punto flaco del administrador. El señor de segunda categoría ya lo ha arreglado todo y ha reunido unos compañeros de juego aceptables, dadas las circunstancias. Los invitados son un funcionario empleado en la construcción de un ferrocarril cercano, que gana un sueldo desorbitado y al que su excelencia ya conoce un poco, y el coronel de ingenieros, que no se cuenta entre sus conocidos, pero que ha aceptado sumarse a la partida. Este último tiene un aire huraño y algo obtuso (de tanto como se preocupa por su dignidad), pero juega bien. El empleado de ferrocarriles es un tipo más bien vulgar, pero sabe contenerse; en cuanto al señor de segunda categoría, que completa el número de jugadores, se comporta exactamente como debe comportarse. El general se siente muy satisfecho.