Diario de un escritor
Diario de un escritor —No he sido yo. Ha sido él… —farfulla el interlocutor de Stuart Mill, deseando que el puente se abra bajo sus pies.
—¡No puede usted figurarse cuánto me hace sufrir ese min-dun-di! —oye a sus espaldas la voz airada de su mujer, que le habla al oÃdo a la institutriz; en realidad no es que la oiga, sino que la presiente con todo su ser; hasta es posible que su esposa no le haya susurrado nada a la niñera…
¡Pero da lo mismo! No sólo le gustarÃa que se abriera el puente, sino que está dispuesto a desaparecer en algún lugar de la proa, a esconderse junto a la rueda. Y, por lo visto, asà lo hace. Al menos, no se le vuelve a ver en el puente durante el resto del viaje.