Diario de un escritor
Diario de un escritor —Yo… general… yo también he estado en Carlsbad —dice de sopetón, dirigiéndose al general—, y, figúrese, general, también me sucedió algo en la pierna… ¿Era de Aristarj Yákovlevich de quien estaban hablando? —prosigue, volviéndose de pronto, con inusitado apresuramiento, hacia el milord, incapaz de seguir allà junto al general.
El general levanta la cabeza, mira con cierta sorpresa a ese señor que se ha acercado y le ha dirigido la palabra, y tiembla de pies a cabeza. En cuanto al milord, ni siquiera alza la frente; en lugar de eso, oh cielos, extiende el brazo, y el señor europeo comprende claramente que el milord, apoyando la mano en su pierna, lo aparta con fuerza de su lado. Se estremece, baja la vista y al punto se da cuenta de lo que sucede: al colocarse con premura y atolondramiento entre el banco y la silla plegable del milord, no ha reparado en que ha rozado su bastón, apoyado en el banco, y que éste se ha deslizado y está a punto de caer. Se aparta a toda prisa, el bastón cae al suelo y el milord se agacha rezongando para recogerlo. En ese mismo instante se oye un aullido espantoso: el señor, al retroceder dos pasos, ha pisado una pata al setter, que lanza unos alaridos tremendos y desesperados; el milord vuelve todo el cuerpo en la silla e increpa al caballero con voz furibunda:
—Le pido hu-mil-de-men-te que deje en paz a mi pe-rro…