Diario de un escritor
Diario de un escritor —¡De qué le vale llevar esa barba a la europea, si no tiene posición, ni grado alguno en el escalafón, ni relaciones! Es incapaz de pensar en nada, ni siquiera ha sabido casarse. ¡Cómo he podido tomarlo por marido! ¡Me dejé seducir por su barba! De poco le valdrá aquí presumir de que ha conversado con Stuart Mill o de que ha contribuido a la caída de Thiers; sin contar con que todo es mentira: si hubiera derribado a Thiers, yo lo habría visto…
El afortunado marido sabe perfectamente que eso es lo que piensa de él la «señora distinguida», y precisamente en ese momento. Ella no le ha confesado su deseo de «encontrarse» con la mujer del patrón de la provincia, pero él sabe que, si no consigue arreglarle ese encuentro, se lo estará echando en cara toda la vida. Además, quiere demostrarle de una vez que es capaz de conversar no sólo con Stuart Mill, sino también con generales rusos, que también él es un ave de altos vuelos, y no una cualquiera, sino un águila real. Por desgracia, ese deseo de que su mujer reconozca su valía ha constituido la principal preocupación de esa vida fracasada, y hasta su única preocupación desde las primeras horas de su matrimonio. Llevaría demasiado tiempo contar cómo ha podido suceder algo semejante, pero así son las cosas y no hay nada más que decir. Y he aquí que, de pronto, con gran nerviosismo, da un paso al frente y se planta delante del milord.