Diario de un escritor
Diario de un escritor Cuando P. A. me contó esa historia, se cuidó muy bien de no mencionar los asuntos de los que habían hablado; pero convenid conmigo en que se requiere no poco talento para penetrar en el alma enferma de un joven delincuente profundamente resentido y que nunca ha tenido la menor noción de la verdad. Reconozco que me habría gustado conocer en detalle esa conversación. El segundo hecho al que me refería es el siguiente: cada educador, en cada familia, no sólo vigila para que los muchachos mantengan la habitación en orden, la laven y la limpien, sino que también él participa en esas tareas. Los sábados friegan los suelos; el educador no sólo indica lo que hay que hacer, sino que en compañía de sus pupilos se pone a fregar y a limpiar el suelo. Ese detalle demuestra la más plena comprensión de su cometido y de su dignidad humana. ¿En qué departamento oficial, por ejemplo, encontraréis semejante actitud a la hora de encarar las tareas encomendadas? Y si en verdad esos hombres han decidido identificar los fines de la colonia con los ideales de su propia vida, no cabe duda de que la empresa saldrá adelante, a pesar de los errores teóricos que hayan podido cometerse en los inicios.