Diario de un escritor
Diario de un escritor —Ustedes, señores novelistas, siempre están buscando héroes —me dijo el otro dÃa un hombre que ha visto muchas cosas—, y cuando no los encuentran entre los rusos, se enfadan y la toman con el paÃs entero. PermÃtame que le cuente una anécdota: en tiempos del difunto soberano, vivÃa un funcionario que primero habÃa servido en San Petersburgo y después, creo, en KÃev, donde murió; a eso se reduce, por lo visto, toda su biografÃa. Y sin embargo, ¿puede creerlo? Durante toda su vida, ese hombre modesto y silencioso sufrió lo indecible por el régimen de servidumbre, por el hecho de que en nuestro paÃs un hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, pudiera ser esclavo de otro hombre como él; asà que se puso a ahorrar una parte de su magro sueldo, privándose él mismo, y privando a su mujer y a sus hijos, casi de lo imprescindible; y cuando conseguÃa acumular algún dinero, compraba la libertad de algún siervo a su propietario; naturalmente, a razón de uno cada diez años. A lo largo de su vida logró redimir de ese modo a tres o cuatro personas y, cuando murió, no dejó nada a su familia. Todo eso sucedió sin publicidad, en silencio, sin que nadie se enterara. Un héroe un poco raro, por supuesto: un «idealista de los años cuarenta», nada más; puede que incluso ridÃculo e inepto, ya que se imaginaba que su desdeñable esfuerzo individual bastaba para acabar con ese mal; pero de todos modos, me parece que nuestros Potuguin[35] podÃan ser un poco más caritativos con Rusia y no cubrirla de barro por esto y por lo otro.