Diario de un escritor
Diario de un escritor Y es que la Sociedad no sólo se ocupa de los caballos y los perros, sino también del hombre, del hombre ruso, que necesita «mostrar un rostro humano»[36], humanizarse, algo a lo que, sin duda, la Sociedad protectora de los animales puede contribuir. Cuando haya aprendido a compadecerse del ganado, el mujik se compadecerá también de su mujer. Por eso, aunque quiero mucho a los animales, celebro que la respetable Sociedad se preocupe no tanto por los animales como por los hombres, esos seres endurecidos, inhumanos y semibárbaros que buscan la luz. Cualquier medio de iluminarlos es precioso; lo único que debemos desear es que la idea de la Sociedad se convierta, en efecto, en uno de esos medios. Nuestros hijos crecen y se educan contemplando unos cuadros repulsivos. Ven cómo un mujik, que ha cargado en exceso su carro, fustiga en los ojos a su jamelgo, que lucha por salir del barro, olvidando que le da de comer; o bien esta otra escena, que yo mismo tuve ocasión de contemplar no hace mucho: un mujik que había cargado en una gran carreta diez terneros para llevarlos al matadero, se sentó tranquilamente sobre uno de ellos; le parecía un asiento blando, una especie de sofá de muelles, pero es más que probable que el animal, con la lengua fuera y los ojos desorbitados, muriera antes de llegar al matadero. Estoy convencido de que ese cuadro no llamó la atención de ningún transeúnte: «Qué más da; de todos modos, los van a sacrificar». Pero es indudable que esas escenas embrutecen al hombre y lo pervierten, sobre todo a los niños. Es verdad que la respetable Sociedad también ha recibido críticas; más de una vez he oído también burlas. Se comenta, por ejemplo, que hará cosa de cuatro o cinco años, la Sociedad se querelló con un cochero por maltratar a su caballo, y que el hombre fue condenado a pagar, creo, quince rublos; fue una torpeza, no cabe duda, pues lo cierto es que después de la sentencia muchos no sabían quién era más digno de compasión, si el caballo o el cochero. Es verdad que, en la actualidad, la nueva ley fija en diez rublos la multa máxima. También he oído hablar de la excesiva preocupación de la Sociedad por promover el empleo del cloroformo en el sacrificio de perros vagabundos y, probablemente dañinos, que han perdido a su amo. Algunas personas señalaron que esa excesiva preocupación por los perros, en un momento en que muchos seres humanos morían de desnutrición en las provincias azotadas por la hambruna, chirriaba en los oídos. Pero tales objeciones no resisten la menor crítica. El objetivo de la Sociedad es mucho más perdurable que las vicisitudes coyunturales. Se basa en una idea luminosa y verdadera que tarde o temprano se implantará y triunfará. No obstante, desde otro punto de vista, sería de todo punto deseable que la acción de la Sociedad y las mencionadas «vicisitudes coyunturales» encontraran, por decirlo de algún modo, un equilibrio mutuo; en tal caso, no cabe duda de que se perfilaría con mayor claridad el camino salvador y benéfico que la Sociedad debe seguir para alcanzar resultados apreciables y, sobre todo, prácticos; resultados que realmente satisfagan los fines propuestos… Puede que no me haya expresado con la suficiente claridad. Voy a referir una anécdota, un hecho real, con la esperanza de que su diáfano contenido ilustre mejor lo que he querido decir.