Diario de un escritor
Diario de un escritor Es una historia que me acaeció hace ya mucho tiempo, en mi edad prehistórica, por decirlo de algún modo, pues sucedió en el año 1837, para ser precisos, cuando sólo tenía quince años de edad y viajaba de Moscú a San Petersburgo. Mi hermano mayor y yo, acompañados de nuestro difunto padre, nos dirigíamos a San Petersburgo para ingresar en la Escuela Superior de Ingenieros. Era por mayo y hacía calor. Viajábamos con gran lentitud, casi al paso, con paradas de dos o tres horas en las estaciones de postas. Recuerdo cómo acabó aburriéndonos ese viaje, que se había prolongado ya casi una semana. Mi hermano y yo afrontábamos entonces una nueva vida, albergábamos sueños desmesurados sobre «lo bello y lo sublime»; en aquellos tiempos esa expresión era todavía reciente y se pronunciaba sin ironía. ¡Cuántas expresiones bellas de ese tipo circulaban por entonces! Creíamos apasionadamente en algo y, aunque ambos sabíamos al dedillo todo lo que se requería para el examen de matemáticas, sólo soñábamos con la poesía y con los poetas. Mi hermano escribía versos, unas tres poesías al día, incluso de camino; y yo no hacía más que componer mentalmente una novela ambientada en Venecia. Dos meses antes había muerto Pushkin, y por el camino mi hermano y yo acordamos, nada más llegar a San Petersburgo, visitar el lugar del duelo y la antigua vivienda del poeta, para ver la habitación en la que había exhalado su último suspiro. Y he aquí que un día, poco antes del atardecer, nos detuvimos en una posada, junto a una estación de postas; no recuerdo el nombre del pueblo, pero creo que fue en la provincia de Tver; era un pueblo grande y rico. Como debíamos esperar media hora antes de reanudar el viaje, me quedé mirando por la ventana y vi lo siguiente.