Diario de un escritor

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Justo enfrente de la posada, al otro lado de la calle, se encontraba la estación de postas. De pronto una troika correo entró a toda velocidad en el patio y de ella se apeó un correo de gabinete vestido de uniforme, con los estrechos faldones que se estilaban entonces y un gran tricornio con plumas blancas, amarillas y creo que también verdes (he olvidado ese detalle que, por lo demás, podría confirmar; pero guardo en la memoria un destello de plumas verdes). El correo era un mocetón alto, muy robusto y fornido, de rostro rubicundo. Entró corriendo en la estación de postas, donde probablemente «se pimplaría» una copa de vodka. Recuerdo que nuestro cochero nos había dicho que esos correos de gabinete se bebían una copa de vodka en cada estación, pues sin eso no podrían soportar «tantas fatigas». Entre tanto, una troika nueva con caballos frescos y fogosos avanzó hasta la entrada, y el cochero, un joven de unos veinte años, con una camisa roja y un abrigo en la mano, saltó al pescante. En ese instante salió el correo, bajó la escalera y se montó en el coche. Antes de que el cochero tuviera tiempo de arrear a los caballos, el correo se incorporó y, en silencio, sin pronunciar una palabra, levantó su enorme puño derecho y propinó un violento golpe en la nuca del cochero, que se tambaleó, blandió el látigo y fustigó con todas sus fuerzas al caballo de varas. Los caballos partieron al galope, pero eso no apaciguó al correo. Se veía que actuaba según un plan, no arrastrado por una reacción colérica; había algo preconcebido y probado a lo largo de muchos años de experiencia, y el terrible puño no paraba de levantarse y de golpear la nuca del cochero. Una y otra vez, y así hasta que la troika se perdió de vista. Naturalmente el cochero, que bajo el peso de los golpes apenas podía mantener el equilibrio, no dejaba de fustigar a los caballos, como si hubiera perdido la razón, y tanto los fustigó que al final galopaban como si les ardieran los cascos. Nuestro cochero me explicó que casi todos los correos de gabinete viajan de esa manera y que aquél en concreto era universalmente conocido por ese rasgo. «Una vez que se bebe su vodka y se sube al coche, se pone a dar golpes, siempre de la misma manera», sin que haya ninguna razón, con movimientos acompasados, levantando el puño y dejándolo caer, «cubriendo de puñadas al cochero durante más o menos una versta, momento en que se detiene. Si se aburre, puede empezar otra vez a mitad de camino, pero a veces, si Dios lo quiere, se conforma con eso; no obstante, cuando se acercan a otra estación de postas, todo vuelve a empezar; se pone a dar golpes una versta antes de llegar, más o menos; no puede hacer su entrada sin levantar y descargar el puño, para que todos los habitantes del pueblo lo admiren. Después de un viaje de ese tipo el cuello te duele un mes entero». Cuando el muchacho vuelve, la gente se burla de él: «¡Cómo te ha calentado el cuello el correo!». Y es probable que ese mismo día el cochero le dé una buena tunda a su joven mujer: «Al menos me voy a desquitar contigo»; tal vez porque ella «ha visto y contemplado la escena».


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