Diario de un escritor
Diario de un escritor No cabe duda de que es inhumano por parte del cochero fustigar con esa furia a los caballos, que llegarán a la siguiente parada reventados y con la lengua fuera. Pero, decidme, ¿qué miembro de la Sociedad protectora de los animales se decidiría a emprender acciones legales contra ese mujik por tratar a sus caballos de una forma tan brutal?
Esa escena abominable se quedó grabada en mi memoria para toda la vida. Nunca he podido olvidarme de ese correo de gabinete; desde entonces, durante mucho tiempo y en parte contra mi voluntad, tendí a explicarme de una manera demasiado parcial muchos rasgos crueles y vergonzosos del pueblo ruso. No hace falta que os diga que estoy hablando de algo que sucedió hace mucho tiempo. Esa escena me pareció una especie de emblema, por decirlo de algún modo; un suceso que ponía de manifiesto con extraordinaria claridad los vínculos entre las causas y los efectos. Cada golpe que llovía sobre el animal era resultado directo, por decirlo así, de cada golpe que caía sobre el hombre. A finales de los años cuarenta, en la época de mis sueños más ambiciosos y apasionados, un día se me ocurrió pensar que, si alguna vez se me pasaba por la cabeza fundar una sociedad filantrópica, grabaría sin falta en el sello de esa sociedad, a modo de emblema y divisa, la troika de ese correo.