Diario de un escritor

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Ah, ya sé que las cosas no son ahora como hace cuarenta años, que los correos no pegan al pueblo; ahora es el pueblo el que se pega a sí mismo y el que blande el látigo en sus juicios. Pero no se trata de eso, sino de las causas y los efectos que se producen. Han desaparecido los correos, pero en su lugar tenemos el «vino verde»[37]. ¿Qué semejanzas guarda el vino verde con los correos? Muchas, porque también embrutece y deshumaniza al hombre, lo endurece, le impide pensar con claridad y lo vuelve insensible a las buenas acciones. El borracho no se compadece de los animales; el borracho abandona a su mujer y a sus hijos. Un hombre borracho va a ver a su mujer, a la que ha abandonado y de la que se ha desentendido hace meses, como también de sus hijos, y le pide vodka; luego se pone a golpearla para sacarle más vodka, y la desdichada, que trabaja como una mula (pensad en las labores de las que se ocupan las mujeres y en el valor que aún se concede a esas tareas entre nosotros) y que no sabe cómo va a alimentar a sus hijos, coge un cuchillo y se lo clava. Ese suceso se produjo hace poco y aún está pendiente de juicio. No obstante, no hay ninguna razón especial para que lo cite aquí, ya que pueden aducirse cientos y miles de casos semejantes; no hay más que abrir un periódico. En cualquier caso, el principal parecido entre el vino verde y el correo estriba, sin ningún género de dudas, en que uno y otro se imponen inevitable, irresistiblemente, a la voluntad humana.


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