Diario de un escritor
Diario de un escritor La respetable Sociedad protectora de animales cuenta con setecientos cincuenta miembros, personas todas que pueden ejercer cierta influencia. Suponed que quisiera contribuir, al menos un poco, a reducir el alcoholismo entre el pueblo y el envenenamiento con vodka de toda una generación. Pues las energías de la nación se están agotando, la fuente de las futuras riquezas se está secando, la inteligencia se está empobreciendo y su desarrollo se está retardando. ¿Y qué impresiones van a recibir en su espíritu y en su corazón estos niños de hoy, crecidos entre las abominaciones de sus padres? Un incendio estalló en una aldea en la que había una iglesia; un tabernero salió y se puso a gritar a la gente que, si se olvidaban de la iglesia y salvaban su taberna, les entregaría un barril de vodka. La iglesia se quemó y la taberna se salvó. Y esos ejemplos no son nada en comparación con los horrores sin cuento que nos esperan. Si la respetable Sociedad quisiera contribuir un poco a la erradicación de las causas principales, facilitaría con ello su excelente labor de propaganda. De otro modo, ¿cómo inculcar la compasión cuando todo parece confabularse para arrancar de los hombres cualquier traza humana? ¿Y es el vodka lo único que deprava y corrompe al hombre en nuestra sorprendente época? Por todas partes parece flotar una especie de estupefaciente, cierto prurito de depravación. Desde hace algún tiempo se advierte en el pueblo una inaudita perversión de las ideas, así como una adoración general del materialismo. Llamo materialismo, en este caso, a que el pueblo se incline ante el dinero, ante el poder de un saco de oro. Es como si de pronto se hubiera apoderado del hombre la idea de que la bolsa lo es todo, de que proporciona toda clase de poder, y que todo lo que le han dicho y le han enseñado sus padres hasta ahora no tiene ningún valor. Sería una desgracia que esa forma de pensar acabara imponiéndose. Pero ¿qué otra cosa puede esperarse? ¿Acaso pensáis, por ejemplo, que ese reciente siniestro ferroviario, ocurrido en la línea de Odessa, en el que murieron más de cien reclutas; pensáis que la manifestación de semejante poder no tiene un efecto desmoralizador entre el pueblo? El pueblo ve y admira ese poder: «Hacen lo que quieren —e, involuntariamente, empieza a tener dudas—: Ahí es donde está la verdadera fuerza, ahí es donde siempre ha estado. Hazte rico y todo es tuyo; puedes hacer lo que quieras». No puede haber nada más corruptor que esa idea. Y esa idea está en el aire y poco a poco va impregnándolo todo. El pueblo no puede defenderse de esas ideas; carece de educación y no hay manera de predicarle las ideas contrarias. Toda Rusia está atravesada por casi veinte mil verstas de ferrocarril; y en todas partes, hasta el empleado más insignificante se ha convertido en un propagandista de esa idea; se comporta como si tuviera un poder ilimitado sobre vosotros y vuestro destino, sobre vuestra familia y sobre vuestro honor, desde el momento en que caéis en las redes de su ferrocarril. Hace poco un jefe de estación, apelando a su autoridad y con su propia mano, sacó del vagón a una señora para entregársela a un caballero que le había asegurado que era su mujer y que había abandonado el hogar; y todo eso sin mandato judicial, sin concebir la más leve sospecha de que no tenía derecho a actuar de ese modo; es evidente que ese jefe de estación, suponiendo que estuviera en posesión de sus facultades mentales, ha debido enloquecer ante la evidencia de su propio poder. Todos esos casos y ejemplos constituyen para el pueblo una tentación continua; los ve a diario y saca conclusiones inevitables. En un principio estaba dispuesto a condenar al señor Suvorin por su incidente con el señor Gólubev[38]. Me parecía que nadie tiene derecho a avergonzar de ese modo a un hombre inocente, y mucho menos describiendo sus motivaciones íntimas. Pero ahora he cambiado de opinión también en ese asunto. ¿Qué me importa a mí que el señor Gólubev no sea culpable? El señor Gólubev puede ser tan puro como la nieve, pero Vorobiov es culpable. ¿Quién es ese Vorobiov? No tengo ni la menor idea; hasta albergo la sospecha de que no existe, pero es ese mismo Vorobiov quien manda en todas las líneas, quien impone tarifas arbitrarias, quien saca a la fuerza a los pasajeros de los vagones, quien hace descarrilar los trenes, quien deja que las mercancías se pudran en las estaciones durante meses, quien perjudica descaradamente a ciudades y provincias enteras, a todo el imperio, y no hace más que gritar con voz salvaje: «¡Apártate de mi camino, que voy a pasar!». Pero el mayor perjuicio de ese advenedizo pernicioso consiste en gravitar sobre el pueblo como una tentación y una idea desmoralizadora. Sin embargo, ¿por qué me ensaño con Vorobiov? ¿Acaso es la única idea corruptora? Repito que es como si el aire estuviera saturado de materialismo y escepticismo; la gente ha empezado a adorar el beneficio gratuito, el placer sin esfuerzo; se cometen a sangre fría toda clase de fraudes y canalladas; se asesina para sacarle a alguien un rublo del bolsillo. Ya sé que también antaño se cometían muchas fechorías, pero en nuestra época se han multiplicado por diez. Y lo peor es que se ha convertido en una forma de pensar, en una especie de doctrina o de fe. En San Petersburgo, hace dos o tres semanas, un joven cochero, puede que ni siquiera mayor de edad, conducía de noche a una pareja de ancianos; cuando advirtió que el viejo estaba borracho e inconsciente, sacó un cortaplumas y degolló a la anciana. Lo detuvieron, y el pobre imbécil lo confesó todo: «No sé lo que me pasó y cómo me encontré con un cortaplumas en la mano». Y en verdad que no lo sabía. Ahí tenemos otro efecto del medio. Fue cogido y arrastrado, como en un mecanismo, por ese prurito contemporáneo de depravación, por esa tendencia que en la actualidad se ha apoderado del pueblo… Un beneficio gratuito. ¿Por qué no intentarlo, aunque sea con un cortaplumas?