Diario de un escritor

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«No, en nuestra época no estamos interesados en la protección de los animales; eso es un pasatiempo de señores», tal es el juicio que he oído, pero lo rechazo de principio a fin. Aunque no soy miembro de la Sociedad, estoy dispuesto a servirla, y creo que ya lo estoy haciendo. No sé si habré expresado con alguna claridad mi deseo de que se produzca «un equilibrio entre la acción de la Sociedad y sus intervenciones coyunturales», como me he expresado más arriba; pero, entendiendo los propósitos humanos y humanizadores de la Sociedad, declaro mi firme compromiso con ella. Nunca he comprendido la idea de que sólo una décima parte de la población debe beneficiarse de la educación superior, mientras las nueve décimas partes restantes deben servir únicamente de material y de medio, quedando sumidas en las tinieblas. Me sería imposible vivir y pensar si no tuviera una fe ciega en que los noventa millones de rusos (y los que puedan nacer en adelante) serán un día, del primero al último, personas cultivadas, humanas y felices. Estoy plenamente convencido de que en nuestro país la instrucción universal no puede perjudicar a nadie. Hasta creo que el reino del pensamiento y de la luz será una realidad en nuestro país antes que en ningún otro lugar, ya que en Rusia no hay nadie que defienda ahora la necesidad de mantener a una parte de la población en condiciones infrahumanas para garantizar el bienestar de la otra, que representa la civilización, como es el caso en toda Europa. ¡En nuestro país las clases superiores, con el zar a la cabeza, han abolido de buen grado el régimen de servidumbre! Por esa razón, una vez más, doy la más calurosa bienvenida a la Sociedad protectora de animales. Sólo quería expresar la idea de que sería mejor que no empezáramos las cosas siempre por el final, sino también alguna vez por el principio.


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