Diario de un escritor

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Febrero

CAPÍTULO PRIMERO

IIEL AMOR AL PUEBLO. LA NECESIDAD DE UN CONTRATO CON EL PUEBLO.

En el número de enero del Diario, escribía yo entre otras cosas que nuestro pueblo es grosero e ignorante, vive en las tinieblas y la depravación, como «bárbaros en espera de la luz». Pues bien, acabo de leer en Ayuda fraternal (una antología publicada por el Comité eslavo en favor de los eslavos que luchan por su libertad) —en un artículo del difunto Konstantín Aksákov, ese hombre inolvidable y caro a todos nuestros compatriotas— que el pueblo ruso hace mucho tiempo que merece los calificativos de ilustrado e «instruido». ¿Y bien? ¿Me sentía confundido por esa aparente contradicción entre mi punto de vista y el de Konstantín Aksákov? En absoluto, comparto plenamente su opinión, la respaldo con el mayor fervor desde hace mucho tiempo. ¿Cómo explicar semejante contradicción? La verdad es que me resulta muy fácil conciliar esos dos juicios; lo que me sorprende es que otras personas sigan considerándolos irreconciliables. Hay que saber separar la belleza del campesino ruso de la capa de barbarie que lo recubre. A lo largo de casi todas las etapas de la historia rusa nuestro pueblo se ha entregado hasta tal punto a la corrupción y la depravación, se ha extraviado tanto y ha padecido tantos tormentos que sorprende que haya podido conservar no ya su belleza, sino simplemente su imagen humana. Pero el caso es que también ha salvaguardado su belleza. Cualquier sincero amigo de la humanidad, cualquiera que haya pensado con el corazón encogido, al menos una vez, en los padecimientos del pueblo, sin duda comprenderá y disculpará la impenetrable capa de barro que lo recubre y será capaz de encontrar los diamantes que se ocultan en medio de ese lodo. Lo repito: hay que juzgar al pueblo ruso no por las abominaciones que comete con tanta frecuencia, sino por esos grandes y sagrados ideales a los que aspira incluso en medio de su depravación. Además, el pueblo no se compone sólo de canallas, sino también de santos, ¡y qué santos! ¡Resplandecen y nos iluminan a todos el camino! Estoy firmemente convencido de que no hay entre nosotros ni un solo canalla, ni un solo miserable, que no reconozca que es un canalla y un miserable, mientras en otros lugares, cuando alguien comete una vileza, se vanagloria de su acto, lo convierte en principio y afirma que en él reside el ordre y la luz de la civilización; hasta que al final el desdichado acaba creyéndose todo eso de manera sincera, ciega y hasta honrada. No hay que juzgar a nuestro pueblo por lo que es, sino por lo que desea ser. Sus ideales son firmes y sagrados; son ellos los que lo han salvado a lo largo de siglos de padecimientos; se han fundido con su alma desde tiempos inmemoriales y le han infundido franqueza, honradez, sinceridad, amplitud de miras, y además en la combinación más armoniosa y atractiva. Y si a todo eso se ha añadido tanta basura, el hombre ruso es quien más lo lamenta, aunque está convencido de que no es más que un componente externo y temporal, una alucinación diabólica, y de que las tinieblas desaparecerán y un día resplandecerá la luz eterna. No voy a recordar aquí sus ideales históricos ni sus santos, Sergio, Teodosio Pecherski e incluso Tijon Zadonski. Por cierto, ¿cuántos de nosotros conocemos a Tijon Zadonski? ¿A qué viene ese desconocimiento, esa promesa de no leer sus escritos? ¿Es que no tenemos tiempo? Creedme, señores, que os sorprenderían las muchas cosas hermosas que aprenderíais. Fijémonos mejor en nuestra literatura: cuanto tiene de verdaderamente hermoso procede del pueblo, empezando por el modesto y sencillo tipo de Belkin, creado por Pushkin. Pero es que entre nosotros todo viene de Pushkin. Su vuelta al pueblo, en un estadio tan temprano de su actividad, fue tan asombrosa y falta de precedentes, representó en su época una palabra tan nueva e inesperada que sólo puede explicarse, si no por un milagro, al menos por la excepcional grandeza de un genio al que, dicho sea de paso, aún no estamos en condiciones de apreciar en toda su valía. No voy a mencionar los tipos puramente nacionales que han surgido en nuestra época, pero acordaos de Oblómov, acordaos de Nido de nobles de Turguénev. Claro está que no es el pueblo lo que encontramos en esas obras, pero todo lo que hay de hermoso y perdurable en esos personajes creados por Goncharov y Turguénev se debe a que entraron en contacto con el pueblo; es ese contacto con el pueblo lo que les comunicó una fuerza fuera de lo común. De él tomaron la sencillez, la pureza, la modestia, la amplitud de miras y la ausencia de malicia, en contraposición a todo lo que es afectado, falso, ajeno y servilmente prestado. No os sorprendáis de que de pronto haya empezado a hablar de la literatura rusa. Es que a nuestra literatura le corresponde un gran mérito; a saber, que sus representantes más destacados, casi en su conjunto, se han inclinado ante la verdad popular y han reconocido la belleza real de los ideales del pueblo antes incluso que nuestra clase intelectual, lo que es digno de nota. Es cierto que en parte se vieron obligados a aceptar esos modelos. Y parece evidente que en esa elección influyó más el sentido artístico que la buena voluntad. Pero basta de hablar de literatura; si me he referido a ella sólo ha sido en su relación con el pueblo.


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