Diario de un escritor
Diario de un escritor La cuestión del pueblo —la visión y la comprensión que se tiene de él en la actualidad— es la más importante entre nosotros; de ella depende todo nuestro porvenir. Hasta puede decirse que en estos momentos constituye nuestro principal problema práctico. Y sin embargo, el pueblo sigue siendo una cosa teórica para todos nosotros, algo que se alza como un enigma. Todos nosotros, amigos del pueblo, lo vemos como una teorÃa; se dirÃa que ninguno de nosotros lo ama tal como es, sino como se lo imagina. Si en el futuro el pueblo resultara ser una cosa distinta de lo que nos hemos imaginado, tengo la sospecha de que, todos nosotros, a pesar de lo mucho que lo queremos, renegarÃamos de él en el acto y sin el menor pesar. Hablo de todos, sin excluir siquiera a los eslavófilos, que quizá serÃan los primeros en expresar su rechazo. En cuanto a mÃ, no voy a ocultar mis convicciones, precisamente porque quiero definir con mayor claridad la tendencia futura de mi Diario y evitar malentendidos, de suerte que todo el mundo sepa por adelantado si le conviene o no tenderme la mano, literalmente hablando. Que nadie se sorprenda de que plantee la cuestión desde un ángulo tan absurdo. Esa cuestión nunca se ha planteado de otra manera en nuestro paÃs: «¿Quién es mejor, nosotros o el pueblo? ¿Debe el pueblo seguirnos o debemos seguir nosotros al pueblo?». Eso es lo que dicen en la presente coyuntura todos los que tienen alguna idea en la cabeza, por insignificante que sea, y acogen en su corazón preocupaciones por el bien común. Por eso voy a responder con toda franqueza: somos nosotros quienes debemos inclinarnos ante el pueblo y esperar todo de él, pensamientos e imágenes; debemos inclinarnos ante la verdad popular y reconocerla como tal, aun en el terrible caso de que proceda en parte de las Vidas de santos. En una palabra, debemos humillarnos como hijos pródigos que han estado ausentes de su hogar doscientos años, pero que al volver siguen siendo rusos (lo que constituye nuestro mayor mérito). Por otro lado, sólo debemos inclinarnos con una condición, una condición sine qua non: que el pueblo acepte muchas de las cosas que llevamos con nosotros. No podemos anularnos totalmente ante él, ni siquiera ante su verdad, cualquiera que sea; lo que es nuestro debe seguir con nosotros, no podemos renunciar a ello por nada del mundo, ni siquiera, en última instancia, por la felicidad de unirnos al pueblo. De lo contrario, será mejor que perezcamos siguiendo cada uno su camino. Pero eso no sucederá; estoy plenamente convencido de que ese algo que portamos con nosotros existe realmente, de que no es un espejismo, sino que tiene imagen, forma y peso. En cualquier caso, vuelvo a repetirlo, muchos aspectos del futuro siguen siendo un enigma, hasta el punto de que la espera se tiñe de temor. Algunos predicen, por ejemplo, que la civilización destruirá al pueblo; según esa visión, los acontecimientos seguirÃan el siguiente curso: la civilización aportará la salvación y la luz, pero también mucha mentira y falsedad, mucha inquietud y hábitos abominables, de suerte que las buenas semillas sólo germinarán en las generaciones futuras, acaso dentro de doscientos años; mientras, tanto a nosotros como a nuestros hijos nos esperan, quizá, acontecimientos terribles. ¿Es ésa también vuestra opinión, señores? ¿Es inevitable que nuestro pueblo atraviese una nueva fase de depravación y falsedad como la que pasamos nosotros cuando nos inocularon la civilización? (Creo que nadie discutirá que nuestra civilización se inició directamente con la depravación). A ese respecto, me gustarÃa escuchar algún argumento más reconfortante. Me siento inclinado a creer que nuestro pueblo es tan inmenso que todos esos nuevos torrentes turbios desaparecerán en su seno, si es que alguna vez brotan y fluyen quién sabe de dónde. Pongámonos manos a la obra; tratemos de colaborar, cada uno con su contribución «microscópica», para que las cosas sigan un curso más recto y menos erróneo. Es verdad que carecemos de experiencia en ese campo, que sólo sabemos «amar a la patria», que no nos ponemos de acuerdo en los medios y que seguiremos discutiendo mucho tiempo; pero si aceptamos que somos buenas personas, las cosas acabarán arreglándose pase lo que pase. Ésa es mi fe. Lo repito: lo único que vemos aquà es que nos hemos deshabituado a actuar desde hace doscientos años. Y como consecuencia de esa falta de costumbre, al final de nuestro «periodo de cultura» hemos dejado de entendernos unos a otros. Desde luego, sólo me refiero a las personas serias y sinceras, que son las únicas que no se comprenden; en cuanto a los especuladores, la cosa es muy distinta: ésos siempre se comprenden…