Diario de un escritor
Diario de un escritor Era el segundo día de la Pascua. El aire era tibio; el cielo, azul; el sol, alto, «cálido», brillante; pero en mi alma todo eran sombras. Deambulaba por detrás de los barracones, examinando y contando las estacas de la sólida empalizada de nuestro presidio, aunque lo hacía de mala gana, por mera costumbre. Era ya la segunda «jornada festiva» en el presidio; no llevaban a los presos al trabajo, había muchos borrachos, se oían denuestos y a cada momento estallaban disputas en todos los rincones. Canciones horrendas y soeces; partidas de naipes bajo las tarimas; varios detenidos, molidos a golpes por sus propios compañeros, hartos del alboroto que armaban, yacían sobre las tarimas, cubiertos con abrigos de piel de cordero, en espera de que recobraran el sentido; los cuchillos ya habían salido a relucir más de una vez; todo eso, en dos días de fiesta, me había extenuado hasta el punto de sentirme enfermo. Jamás he podido contemplar sin repugnancia el desenfreno de las masas borrachas, y mucho menos en ese lugar. Esos días hasta las autoridades de la prisión hacían la vista gorda; no practicaban registros, no buscaban alcohol, pues pensaban que había que permitir que todos esos réprobos se divirtieran al menos una vez al año; de otro modo, podría ser peor. Al final, mi corazón ardía de cólera. Me encontré con el polaco M…cki, un preso político; me miró con aire sombrío, sus ojos despedían chispas y sus labios temblaban: «Je hais ces brigands!»[39], murmuró en voz baja, rechinando los dientes, y siguió su camino. Volví al barracón, a pesar de que un cuarto de hora antes había escapado de allí medio loco, cuando seis robustos mujiks se arrojaron como un solo hombre sobre el tártaro Gazin, que estaba borracho, y empezaron a golpearle para calmarlo; le pegaron sin piedad (un camello habría muerto bajo tales golpes), pero sabían que era difícil matar a ese Hércules, así que se ensañaron con él. Ahora, al volver al barracón, vi que Gazin yacía sin sentido en un rincón, sobre una tarima, sin apenas dar señales de vida; lo habían cubierto con su abrigo de piel de cordero y todos lo rodeaban en silencio; aunque albergaban la esperanza de que volviera en sí a la mañana siguiente, algunos expresaban sus dudas: «Después de una paliza así, quién sabe, el tipo puede diñarla». Me abrí paso hasta mi petate, enfrente de una ventana enrejada, me tumbé de espaldas, con las manos debajo de la cabeza, y cerré los ojos. Me gustaba tumbarme así: a un hombre dormido no se le molesta, y además puede uno pensar y soñar. Pero yo no soñaba; mi corazón latía con inquietud y en mis oídos seguían resonando las palabras de M…cki: «Je hais ces brigands!». En cualquier caso, ¿para qué describir esas impresiones? Todavía hoy sueño algunas noches con esos tiempos, y no conozco pesadillas más espantosas. Puede que algunas personas hayan reparado en que, hasta el día de hoy, apenas he hablado en mis escritos de mi vida en el penal; escribí Memorias de la casa muerta hace quince años, valiéndome de un narrador ficticio, un criminal que supuestamente ha asesinado a su mujer. A ese respecto, me gustaría añadir, a modo curiosidad, que mucha gente sigue creyendo y afirmando, incluso ahora, que me enviaron a presidio por asesinar a mi mujer.