Diario de un escritor

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Poco a poco perdí la noción de la realidad y, sin darme cuenta, me fui hundiendo en diversas rememoraciones. Durante los cuatro años que pasé en el penal, no hice más que reconstruir una y otra vez todo mi pasado; en ese sentido, puedo decir que volví a vivir, en forma de recuerdos, toda mi vida anterior. Esos recuerdos brotaban por sí mismos; rara vez era yo quien los evocaba. Solían partir de un punto, de un rasgo a veces insignificante, y poco a poco iban formando un cuadro acabado, una impresión intensa y completa. Analizaba esas impresiones, añadía nuevos rasgos a esas experiencias tan añejas y, sobre todo, las rectificaba, las rectificaba sin cesar; en eso consistía toda mi diversión. En esa ocasión me acordé de pronto, no sé por qué, de un acontecimiento intrascendente de mi primera infancia, sucedido cuando sólo contaba nueve años; un acontecimiento que parecía haber olvidado por completo; pero en aquella época me gustaba recordar sobre todo momentos de mi primera infancia. Me vino a la memoria un mes de agosto en nuestra aldea; el día era claro y seco, aunque un tanto fresco y ventoso; el verano tocaba a su fin y pronto tendríamos que regresar a Moscú, donde pasaríamos todo el invierno, sin otra perspectiva que las tediosas lecciones de francés. ¡Me daba tanta pena dejar el campo! Pasé por detrás de la era y, después de bajar por el barranco, subí hasta Losk: así llamábamos a una espesa mancha arbustiva que se extendía desde el otro lado del barranco hasta el bosque. Me interné en la maleza y de pronto, a unos treinta pasos, oí a un mujik solitario que estaba arando en un claro. Sabía que araba en una ladera bastante empinada y que el caballo avanzaba con dificultad, y de vez en cuando me llegaba el grito del hombre: «¡Vamos, vamos!». Conocía a casi todos nuestros mujiks, pero no a ese que estaba arando; no obstante, me daba igual; seguí sumido en mis ocupaciones. Yo también estaba atareado: trataba de arrancar una rama de un nogal para hostigar a las ranas; las varas de nogal son mucho más hermosas y flexibles que las de abedul. Estaba muy interesado también en los escarabajos y demás bichos, y hasta los coleccionaba: ¡tenían unos colores tan bonitos! Me gustaban también las ágiles lagartijas rojas y amarillas, con pequeñas manchas negras, pero me daban miedo las serpientes. En cualquier caso, las serpientes son mucho más raras que las lagartijas. Había pocas setas; para coger setas había que ir al abedular, así que me dispuse a ir allí. Nada me gustaba más en el mundo que un bosque con setas y bayas silvestres, sus insectos y sus pajarillos, sus erizos y sus ardillas, y ese olor húmedo, tan agradable, de las hojas podridas. Incluso ahora, cuando escribo estas líneas, me parece estar oliendo el aroma de nuestro bosque de abedules: esas impresiones duran toda la vida. De pronto, en medio del profundo silencio, escuché con toda claridad y precisión una voz: «¡Que viene el lobo!». Lancé un grito y, muerto de miedo, gritando con todas mis fuerzas, salí corriendo al claro y me acerqué al mujik que estaba arando.


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