Diario de un escritor

Diario de un escritor

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀
IINTRODUCCIÓN

El 20 de diciembre me enteré de que todo estaba decidido y de que me había convertido en director de El Ciudadano. Ese acontecimiento extraordinario —al menos para mí (no quiero ofender a nadie)— se produjo de forma bastante sencilla. El 20 de diciembre, a la sazón, estaba leyendo un artículo en Novedades de Moscú sobre el enlace matrimonial del emperador de la China; el artículo en cuestión me causó una profunda impresión. Ese acontecimiento grandioso y, por lo visto, extremadamente complejo se había desarrollado también con sorprendente sencillez: hasta el menor detalle había sido sopesado y analizado hacía mil años en un ceremonial de casi doscientos tomos. Al comparar la grandeza del acontecimiento chino con mi nombramiento como director, sentí una repentina ingratitud por las prácticas de nuestra patria, a pesar de la facilidad con que mi nombramiento había sido confirmado, y me dije que nos sería incomparablemente más ventajoso (me refiero al príncipe Mescherski[1] y a mí) editar El Ciudadano en China que aquí. Allí está todo tan claro… El día señalado ambos nos habríamos presentado en la Dirección General para Asuntos de la Prensa del país. Después de golpear el suelo con la frente y de lamerlo con la lengua, nos habríamos incorporado con el índice levantado y la cabeza inclinada en señal de respeto. Naturalmente, el director general de asuntos de prensa habría fingido no prestarnos más atención que a una mosca que pasa volando. Pero el tercer ayudante del tercer secretario se habría puesto en pie y, con la notificación de mi nombramiento de director en la mano, habría pronunciado con voz imponente y a la vez amistosa las instrucciones previstas en el ceremonial, tan claras y comprensibles que para ambos sería un inmenso placer escucharlas. De haber estado en China y haber sido tan estúpido y noble de corazón para reconocer, al asumir el cargo de director, mi falta de capacidad y sentir miedo y remordimientos de conciencia, en seguida me habrían demostrado que era doblemente estúpido por albergar tales sentimientos y que, a partir de ese momento, no necesitaba la inteligencia para nada, suponiendo que la tuviera: al contrario, sería mucho mejor que careciera de ella. Y, sin duda, habría sido muy agradable escuchar tales razones, que habrían concluido con estas bellas palabras: «Vete, director. A partir de ahora puedes comer tu arroz y beber tu té con renovada tranquilidad de conciencia». El tercer ayudante del tercer secretario me habría entregado un hermoso diploma impreso en letras de oro sobre raso carmesí. El príncipe Mescherski le habría deslizado una generosa propina y ambos habríamos regresado a casa y habríamos editado, sin pérdida de tiempo, un número magnífico de El Ciudadano, un número como jamás publicaremos aquí. En China habríamos editado una publicación excelente.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker