Diario de un escritor
Diario de un escritor El 20 de diciembre me enteré de que todo estaba decidido y de que me habÃa convertido en director de El Ciudadano. Ese acontecimiento extraordinario —al menos para mà (no quiero ofender a nadie)— se produjo de forma bastante sencilla. El 20 de diciembre, a la sazón, estaba leyendo un artÃculo en Novedades de Moscú sobre el enlace matrimonial del emperador de la China; el artÃculo en cuestión me causó una profunda impresión. Ese acontecimiento grandioso y, por lo visto, extremadamente complejo se habÃa desarrollado también con sorprendente sencillez: hasta el menor detalle habÃa sido sopesado y analizado hacÃa mil años en un ceremonial de casi doscientos tomos. Al comparar la grandeza del acontecimiento chino con mi nombramiento como director, sentà una repentina ingratitud por las prácticas de nuestra patria, a pesar de la facilidad con que mi nombramiento habÃa sido confirmado, y me dije que nos serÃa incomparablemente más ventajoso (me refiero al prÃncipe Mescherski[1] y a mÃ) editar El Ciudadano en China que aquÃ. Allà está todo tan claro… El dÃa señalado ambos nos habrÃamos presentado en la Dirección General para Asuntos de la Prensa del paÃs. Después de golpear el suelo con la frente y de lamerlo con la lengua, nos habrÃamos incorporado con el Ãndice levantado y la cabeza inclinada en señal de respeto. Naturalmente, el director general de asuntos de prensa habrÃa fingido no prestarnos más atención que a una mosca que pasa volando. Pero el tercer ayudante del tercer secretario se habrÃa puesto en pie y, con la notificación de mi nombramiento de director en la mano, habrÃa pronunciado con voz imponente y a la vez amistosa las instrucciones previstas en el ceremonial, tan claras y comprensibles que para ambos serÃa un inmenso placer escucharlas. De haber estado en China y haber sido tan estúpido y noble de corazón para reconocer, al asumir el cargo de director, mi falta de capacidad y sentir miedo y remordimientos de conciencia, en seguida me habrÃan demostrado que era doblemente estúpido por albergar tales sentimientos y que, a partir de ese momento, no necesitaba la inteligencia para nada, suponiendo que la tuviera: al contrario, serÃa mucho mejor que careciera de ella. Y, sin duda, habrÃa sido muy agradable escuchar tales razones, que habrÃan concluido con estas bellas palabras: «Vete, director. A partir de ahora puedes comer tu arroz y beber tu té con renovada tranquilidad de conciencia». El tercer ayudante del tercer secretario me habrÃa entregado un hermoso diploma impreso en letras de oro sobre raso carmesÃ. El prÃncipe Mescherski le habrÃa deslizado una generosa propina y ambos habrÃamos regresado a casa y habrÃamos editado, sin pérdida de tiempo, un número magnÃfico de El Ciudadano, un número como jamás publicaremos aquÃ. En China habrÃamos editado una publicación excelente.