Diario de un escritor

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—¿Está usted cansada, abuelita? —le pregunté.

—Sí, hijita, muy cansada. Me dije: «Hace bueno, brilla el sol, voy a ir a comer a casa de mis nietos».

—Entonces, ¿vas a comer, abuelita?

—Sí, bonita.

—Pero así no llegarás a tiempo.

—Sí llegaré; doy unos pasos y descanso; luego me levanto y sigo un poco más.

La miré y una terrible curiosidad se apoderó de mí. Era una ancianita menuda, muy limpia, probablemente de clase media, con la ropa vieja, un bastón en la mano, rostro pálido, piel amarillenta pegada a los huesos y labios descoloridos: una especie de momia. Estaba allí sentada, sonriendo, con el sol dándole en la cara.

—Debes de ser muy vieja, abuelita —le dije, naturalmente en tono de broma.

—Ciento cuatro años, bonita, ciento cuatro añitos nada más (ella también bromeaba)… ¿Y adónde vas tú?

Me miró y sonrió; supongo que se alegraba de poder hablar con alguien, aunque me pareció extraño que esa mujer centenaria se interesara por el lugar al que me dirigía, como si tuviera necesidad de saberlo.


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