Diario de un escritor
Diario de un escritor Naturalmente, a una anciana así no se la llora. Ha vivido ciento cuatro años y ahora «ha muerto sin dolor y con dignidad». La mujer del barbero pide a las vecinas que vengan a ayudarla. Éstas acuden al momento, casi con placer, cuando, entre exclamaciones y lamentos, se enteran de la noticia. Por supuesto, la primera preocupación es preparar el samovar. Los niños, acurrucados en un rincón, miran con asombro a su abuela muerta. Por mucho que viva, Misha no olvidará jamás cómo falleció la anciana, con la mano apoyada en su hombro; y cuando él muera, no habrá una sola persona que recuerde ni tenga la menor idea de que una vez hubo una viejecita que vivió ciento cuatro años, nadie sabe cómo ni con qué objeto. ¿Y por qué recordarla? No tiene ninguna importancia. Así se extinguen millones de personas; viven y mueren sin que nadie repare en ellas. Es posible que sólo en el instante mismo de la muerte de esos hombres y mujeres centenarios haya algo conmovedor y sereno, algo incluso solemne y tranquilizador: hasta en nuestros días, cien años siguen causando un efecto extraño en la gente. ¡Que Dios bendiga la vida y la muerte de esas personas buenas y sencillas!