Diario de un escritor
Diario de un escritor No voy a describir lo que pasó entonces; mis padres no eran nada ricos, trabajaban de lo lindo… ¡Y ése era el regalo que recibían el día de la Resurrección! Resultó que había ardido todo y no había quedado nada en pie, ni las isbas, ni el granero, ni el establo, ni las semillas de primavera; hasta había perecido un mujik, Arjip, y parte del ganado. En ese primer momento de espanto nos imaginamos una ruina total. Nos arrodillamos y nos pusimos a rezar; mi madre lloraba. En ese instante se le acercó nuestra niñera, Aliona Frolovna, que trabajaba a sueldo para nosotros (era una mujer libre, perteneciente a la pequeña burguesía moscovita). Había criado y cuidado de mí y de todos mis hermanos. Tenía entonces unos cuarenta y cinco años, un carácter abierto y alegre y siempre nos estaba contando unos cuentos maravillosos. Hacía ya muchos años que no tocaba su salario: «No me hace falta», decía; había acumulado unos quinientos rublos, que había metido en un monte de piedad: «Para la vejez». Y de pronto le susurra a mi madre:
—Si necesita dinero, coja el mío; a mí no me hace falta…