Diario de un escritor
Diario de un escritor Dividiendo mentalmente por veinticinco las dimensiones de ese vagón vacío, llegué a la conclusión de que estaban obligados a ir de pie, y aun así hombro contra hombro; en definitiva, si veinticinco personas —tal es la capacidad máxima— se apelotonaran en el vagón, ni una sola podría sentarse, por mucho que se les permita «acomodarse como quieran». En cuanto al equipaje, tienen que llevarlo de la mano, naturalmente; por lo demás, no llevan más que algún hatillo.
—Sí, pero el billete cuesta exactamente la mitad que en tercera clase, lo que supone un beneficio extraordinario para el pobre.