Diario de un escritor

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—No, éste no es su vagón y usted no iba aquí sentado. Pero ¿cuál es su vagón?

—Pues eso es lo que pasa, que no me acuerdo.

—Yo tampoco sé cuál es su vagón.

Y sólo en el último segundo, puede decirse, apareció el revisor y me mostró el vagón que me correspondía. Seguramente os preguntaréis para qué me llamó y se puso a hacerme preguntas ese alemán. Pero, cuando hayáis pasado algún tiempo en Alemania, no tardaréis en convenceros de que cualquier alemán habría actuado exactamente de la misma manera.

Hará unos diez años estuve en Dresde… Al día siguiente de mi llegada, salí del hotel con intención de dirigirme directamente a la galería de pintura. No me había informado del camino: la galería de pintura de Dresde goza de tanto renombre en el mundo entero que estaba seguro de que cualquier habitante de la clase educada me indicaría el camino. Y hete aquí que, al cruzar una calle, detengo a un alemán con aspecto de persona muy seria e instruida.

—¿Puede hacer el favor de decirme dónde se encuentra la galería de pintura?

—¿La galería de pintura? —dijo el alemán, que se detuvo y se quedó pensativo.

—Sí.

—¿La galería re-al de pintura? (Puso especial énfasis en la palabra «real».)


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