Diario de un escritor

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En el trayecto de Berlín a Ems, el tren se detuvo cuatro minutos en una estación. Era de noche; estaba ya harto de ir sentado y tenía ganas de estirar un poco las piernas y fumarme un cigarrillo al aire libre. Todos los pasajeros dormían y no se apeó nadie más. Suena el timbre y de pronto me doy cuenta de que, con mi distracción habitual, me he olvidado del número de mi vagón, que había cerrado al apearme. Quedaban todo lo más unos segundos, y yo me aprestaba ya a ir en busca del revisor, que estaba en el otro extremo del tren, cuando de pronto oí que alguien me llamaba desde la ventana de un vagón: «¡Pst! ¡Pst!». «Bueno —pensé—, ése es mi vagón.» Y es que los alemanes, en sus pequeños compartimentos, con una capacidad máxima para ocho personas, se observan con mucha atención a lo largo del viaje. El alemán, cuando el tren se detiene en una estación importante, donde puede comer o cenar, no dejará de despertar a su vecino dormido antes de apearse, para que después no se lamente de haberse quedado sin cenar. Por tanto, me imaginé que se trataba de uno de mis compañeros de vagón, que se había despertado y, dándose cuenta de que no había vuelto a mi asiento, me llamaba. Cuando me acerqué, un rostro alemán, con signos de preocupación, se asomó a la ventanilla.

—Was suchen Sie? (¿Qué busca usted?)

—Mi vagón. ¿No iba yo con usted? ¿Es éste mi vagón?


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