Diario de un escritor

Diario de un escritor

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

CAPÍTULO TERCERO

II¿EN QUÉ LENGUA DEBE HABLAR UN PADRE DE LA PATRIA?

Yo le preguntaría a esa mamá si sabe qué es un idioma y cuál es la razón de que se nos haya concedido la palabra. La lengua es, sin discusión, la forma, el cuerpo y el envoltorio del pensamiento (dejemos a un lado la cuestión de definir qué es el pensamiento), y, por decirlo de algún modo, la palabra última y definitiva de la evolución orgánica. De donde se deduce que, cuanto más ricos sean los materiales y las formas que adquiero para expresar mi pensamiento, más feliz seré en la vida, más precisas y comprensibles serán mis razones tanto para mí mismo como para los demás, más facilidades tendré para dominar y vencer; podré decirme más rápidamente a mí mismo lo que quiero decir, lo expresaré con mayor profundidad y con mayor profundidad también comprenderé lo que quería decir; mi espíritu será más fuerte y más sereno y, por supuesto, seré más inteligente. Y otra cosa: ¿sabe la mamá que el hombre, aunque sea capaz de pensar a la velocidad de la electricidad, no piensa nunca tan deprisa, sino con mucha mayor lentitud, aunque mucho más deprisa, por ejemplo, de lo que habla? ¿Por qué pasa eso? Pues porque uno no tiene más remedio que pensar en una lengua. En verdad, podemos no ser conscientes de que pensamos en una determinada lengua, pero así es; y si no pensamos con palabras, es decir, pronunciando palabras al menos mentalmente, cabe decir que pensamos «con la fuerza elemental y fundamental de la lengua» en la que preferimos pensar, si se puede expresar así. Ni que decir tiene que cuanto más rico, flexible y variado sea nuestro conocimiento de la lengua en que hemos decidido pensar, más facilidad, variedad y riqueza habrá en la expresión de nuestro pensamiento. En suma, ¿por qué aprendemos lenguas europeas, francés, por ejemplo? En primer lugar, simplemente para poder leer en francés; en segundo, para hablar con los franceses cuando nos encontremos con ellos; pero no para hablar entre nosotros ni con nosotros mismos. Una lengua prestada, extraña, nunca nos permitirá alcanzar una vida superior, un nivel de pensamiento verdaderamente profundo, por la sencilla razón de que no dejará de ser extraña para nosotros; para eso se necesita la lengua materna, aquella con la que, por decirlo de alguna manera, hemos venido al mundo. Pero ahí es donde estriba la dificultad: hace ya mucho tiempo que los rusos, al menos los rusos de las clases elevadas, en su mayoría, no vienen al mundo con una lengua viva; sólo más tarde adquieren una especie de lengua artificial, de la que casi no se ocupan hasta que van a la escuela, y sólo a través del estudio de la gramática. Ah, naturalmente, con mucha aplicación y diligencia puede uno acabar reeducándose, aprendiendo incluso, hasta cierto punto, el ruso vivo, después de haber venido al mundo con una lengua muerta. Conocí a cierto escritor ruso, que se ha hecho un nombre, que no sólo llegó a dominar la lengua rusa, de la que no sabía una palabra, sino que aprendió también a conocer al mujik ruso, y más tarde escribió novelas sobre la vida campesina[51]. Ese caso cómico se ha repetido entre nosotros más de una vez, a veces incluso en proporciones alarmantes; el gran Pushkin, según confesión propia, se vio obligado a reeducarse, y se inició en la lengua y en el espíritu popular gracias, entre otras cosas, a su niñera Arina Rodiónovna. La expresión «aprender la lengua» nos viene especialmente bien, porque los rusos de las clases educadas estamos muy alejados del pueblo, es decir, de la lengua viva («lengua» y «pueblo» son sinónimos en ruso; ¡qué pensamiento tan rico y profundo encierra esa similitud!). No obstante, alguien me dirá que si uno tiene que «iniciarse» en una lengua viva, ¿qué más da que sea en ruso que en francés? Pero la cuestión, precisamente, es que el ruso resulta mucho más fácil a los rusos, a pesar de las institutrices francesas y del ambiente, y es absolutamente necesario que nos aprovechemos de esa facilidad cuando aún estamos a tiempo. Para asimilar la lengua rusa de la manera más natural, sin un esfuerzo especial y no únicamente desde un punto de vista teórico (cuando empleo esa palabra, no me estoy refiriendo sólo, naturalmente, a la gramática escolar), es indispensable que el niño la aprenda de las nodrizas rusas, siguiendo el ejemplo de Arina Rodiónovna, sin albergar ningún temor de que inculquen en el niño diversos prejuicios, como por ejemplo el cuento de las tres ballenas[52] (¡ah, Señor, como si fuera a creer toda su vida en las tres ballenas!); además, no deben tener miedo de la gente de condición humilde, ni siquiera de la servidumbre, contra quienes algunos instructores previenen tanto a los padres. Luego, ya en la escuela, es imprescindible que el niño aprenda de memoria los monumentos de nuestra lengua, empezando por los tiempos más remotos: las crónicas, las leyendas épicas e incluso algunas obras escritas en eslavo eclesiástico; recalco que todo eso debe aprenderlo de memoria, aunque ese tipo de aprendizaje se considere pasado de moda. Una vez que haya asimilado nuestra lengua materna —es decir, la lengua en la que pensamos— de la mejor manera posible, es decir, lo suficientemente bien para que parezca algo vivo, y que se haya acostumbrado a pensar necesariamente en esa lengua, estará en condiciones de aprovechar nuestro talento natural para aprender y hablar otras lenguas europeas. En realidad, sólo dominando a la perfección ese instrumento inicial, es decir, la lengua materna, estaremos en condiciones de aprender, también a la perfección, una lengua extranjera; no antes. Entonces, sin darnos cuenta, tomaremos de esa lengua extranjera algunas formas de las que nuestra lengua carece y las adaptaremos, también sin darnos cuenta y como sin querer, a las formas de nuestro pensamiento, que de ese modo verá ampliados sus horizontes. No debemos perder de vista un dato significativo: en nuestra lengua, joven y todavía desorganizada, podemos restituir las formas más profundas del espíritu y del pensamiento de las lenguas europeas: todos los poetas y pensadores europeos pueden traducirse y trasladarse al ruso, y algunos se han traducido ya a la perfección. En cambio, muchísimas creaciones de la lengua popular rusa y buena parte de nuestras obras literarias siguen sin poder traducirse y trasladarse a las lenguas europeas, en especial al francés. No puedo menos de reírme al recordar una traducción (una rareza en nuestros días) de Gógol al francés, hecha a mediados de la década de 1840 en San Petersburgo por el señor Viardot, marido de la famosa cantante, en colaboración con un escritor ruso, hoy justamente célebre, pero que entonces no era más que un joven principiante[53]. El resultado fue una suerte de galimatías que nada tenía que ver con Gógol. También Pushkin en muchos sentidos es intraducible. Creo que si se intentara traducir una obra como el relato del arcipreste Avakum[54] saldría otro galimatías, o, mejor dicho, no saldría absolutamente nada. ¿Y por qué? Porque, por mucho que nos cueste decirlo, puede que el espíritu europeo no sea tan variado como el nuestro, sino más cerrado y particular, aunque incomparablemente más preciso y definido en su expresión. Pero si nos cuesta decir algo así, al menos reconozcamos, con esperanza y alegría, que el espíritu de nuestra lengua es, sin discusión, variado, rico, polifacético y universal, ya que, a pesar de sus formas aún desorganizadas, ha sido capaz de transmitir los tesoros y las joyas del pensamiento europeo, y, además —podemos sentirlo—, con exactitud y fidelidad. ¿Cómo podemos privar de semejante «material» a nuestros hijos? ¿Y con qué objeto? Sin duda, para hacerlos desdichados. Despreciamos ese material, lo consideramos un idioma grosero y vulgar, con el que no es conveniente expresar los sentimientos y los pensamientos de la buena sociedad.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker