Diario de un escritor
Diario de un escritor A propósito, hace exactamente cinco años que se llevó a cabo entre nosotros la llamada reforma clásica de la enseñanza. Las matemáticas y dos lenguas antiguas, el latín y el griego, fueron reconocidas como las disciplinas más adecuadas para la formación mental e incluso espiritual. No somos nosotros quienes lo hemos reconocido ni quienes lo hemos inventado: es un hecho, un hecho incontestable, como enseña la experiencia secular de toda Europa, que nosotros nos hemos limitado a aceptar. Pero la cuestión es ésta: con el considerable reforzamiento de esas dos lenguas antiguas y de las matemáticas, la enseñanza del ruso ha quedado casi totalmente marginada. Uno se pregunta cómo, con qué medios y con qué material asimilarán nuestros niños las formas de esas dos lenguas antiguas, si se descuida la enseñanza del ruso. ¿Cómo puede pretenderse que el mecanismo de enseñanza de esas dos lenguas (que encima están en manos de profesores checos) basta para formar a nuestros hijos? No se puede sacar partido de ese mecanismo sin proceder paralelamente a una enseñanza muy intensa y profunda de una lengua viva. Toda la fuerza formadora de esas dos lenguas antiguas, de esas dos formas impecables del pensamiento humano, que a lo largo de los siglos han elevado a todo Occidente, antaño bárbaro, a las cumbres supremas del desarrollo y de la civilización, toda esa fuerza, naturalmente, no rendirá sus frutos en nuestra nueva escuela si se descuida el estudio del ruso. ¿O es que nuestros reformadores han considerado que no necesitamos para nada estudiar ruso —excepto, acaso, para aprender dónde debemos colocar la letra yat[55]—, ya que lo sabemos de nacimiento? Pero es el caso que los rusos de las clases elevadas de la sociedad no sabemos la lengua rusa de nacimiento, y ya desde hace mucho. La lengua viva no hará acto de presencia hasta que nos hayamos fundido completamente con el pueblo. Pero me he apartado de mi propósito; tenía intención de trabar conversación con una mamá y me he puesto a hablar de la reforma educativa y la unión con el pueblo.