Diario de un escritor
Diario de un escritor —Tiene usted razón —me dijo—. Uno acaba cogiéndole cariño a esta muchedumbre, aunque sin saber muy bien por qué. En realidad, en todas partes se le coge cariño a la muchedumbre, a la muchedumbre fashionable, se entiende, a la flor y nata. Puede uno no tratar con ningún miembro de esa sociedad, pero en conjunto no hay nada mejor en el mundo, al menos por ahora.
—Bueno, vamos…
—No quiero discutir con usted, de verdad —se apresuró a asentir—. Cuando aparezca sobre la faz de la tierra una sociedad mejor y la gente acepte vivir de un modo, digamos, más razonable, no querremos mirar siquiera a la sociedad actual, no querremos ni acordarnos de ella, como no sea para dedicarle dos palabras en la historia universal. Pero, de momento, ¿puede imaginarse usted algo mejor en su lugar?
—¿Cómo no va a ser posible imaginar algo mejor que esa muchedumbre ociosa de personas acomodadas que, si no se amontonaran para tomar las aguas, seguramente no sabrÃan qué hacer, en qué ocupar el dÃa? Cierto que es posible encontrar, en medio de esa muchedumbre, algunos individuos interesantes, pero en conjunto… en conjunto no sólo no merece ninguna clase de elogio especial, sino ni siquiera ninguna atención especial.