Diario de un escritor
Diario de un escritor —Habla usted como un misántropo incorregible o como alguien que simplemente sigue la moda. Afirma usted: «No sabrÃan qué hacer ni en qué ocupar el dÃa». Pero créame si le digo que todos tienen sus asuntos y que éstos son de tal naturaleza que uno podrÃa ocupar en ellos, no ya el dÃa entero, sino toda la vida. No puede culpárseles de que no hayan sabido hacer de la vida un paraÃso y de que sufran por ello. En lo que a mà respecta, me gusta ver cómo rÃen aquà todos esos sufridores.
—¿RÃen porque lo exige la cortesÃa?
—RÃen por la fuerza de la costumbre, que los abruma y les obliga a tomar parte en el juego del paraÃso, si quiere usted llamarlo asÃ. No creen en el paraÃso, participan en ese juego de mala gana, pero juegan de todos modos y eso les distrae. La costumbre es muy poderosa. Incluso hay algunos que han acabado tomándosela totalmente en serio; y mejor para ellos, sin duda: ya están en el verdadero paraÃso. Si los amase usted a todos (y está obligado a amarlos), deberÃa alegrarse de que puedan descansar y olvidarse, aunque sólo se trate de un espejismo.
—¿Se burla usted? ¿Y por qué estoy obligado a amarlos?