Diario de un escritor

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—Pues porque es la humanidad, no hay otra. ¿Y cómo no va a amar uno a la humanidad? Desde hace diez años es imposible no amar a la humanidad. Aquí hay una dama rusa que ama mucho a la humanidad. Y le aseguro que no me estoy burlando. En fin, para acabar de una vez con este tema, le diré claramente, a modo de conclusión, que cualquier sociedad de buen tono, cualquier muchedumbre fashionable como ésta, tiene algunas cualidades positivas. Por ejemplo: cualquier sociedad fashionable tiene la ventaja de que, aunque sea de modo caricaturesco, se aproxima más a la naturaleza que cualquier otra, incluso las agrícolas, que en su mayor parte siguen viviendo de espaldas a la naturaleza. Y no estoy hablando de las fábricas, de los ejércitos, de las escuelas, de las universidades: todo eso es el colmo de lo antinatural. Mientras que estas personas son las más libres, porque son las más ricas, y, por tanto, al menos pueden vivir como se les antoje. Ah, desde luego sólo se aproximan a la naturaleza en la medida en que la decencia y el buen tono lo permiten. Expansionarse, abrirse, salir al encuentro de la naturaleza con los brazos abiertos, acoger de ese modo ese rayo dorado de sol que brilla para nosotros, pecadores, en el cielo azul, sin considerar si nos lo merecemos o no… no cabe duda de que sería indecoroso, al menos en la manera en que lo haríamos nosotros dos o algún poeta: el pequeño candado de acero del buen tono está suspendido sobre cada corazón y cada espíritu, como siempre. Sin embargo, no hay más remedio que admitir que el buen tono ha dado un pequeño paso en el camino del acercamiento a la naturaleza, no sólo en nuestro siglo, sino incluso en nuestra generación. Después de muchas observaciones, puedo afirmar con rotundidad que, cuanto más avanza nuestro siglo, más se comprende y se acepta que el contacto con la naturaleza es la última palabra de cualquier progreso, de la ciencia, de la razón, del sentido común, del buen gusto y de los modales distinguidos. Entre y piérdase en esa muchedumbre: verá alegría y jovialidad en sus rostros. Todos se dirigen la palabra con gran gentileza, es decir, con una cortesía fuera de lo común; todos se muestran amables y sumamente contentos. Se diría que toda la felicidad de ese joven con la rosa en el ojal consiste en entretener a esa gruesa señora cincuentona. Y en realidad, ¿qué le obliga a afanarse en distraerla? ¿Acaso desea en verdad su alegría y su felicidad? Por supuesto que no; probablemente tiene sus razones para desvivirse de ese modo, razones particulares y muy personales que no son de nuestra incumbencia, pero lo más importante es que probablemente se sienta obligado por el buen tono, sin que haya ninguna razón particular y privada, lo que constituye ya en sí un hecho de una importancia extraordinaria, pues demuestra hasta qué punto el buen tono, en nuestra época, puede imponerse incluso a la naturaleza salvaje de un joven. La poesía produce Byrones, y éstos sus Corsarios, sus Childe Harolds, sus Lauras; pero fíjese el poco tiempo que ha pasado desde su aparición y todos esos personajes han sido rechazados ya por el buen tono, que los ha calificado como la peor compañía, y con mucha más razón a nuestro Pechorin y al prisionero del Cáucaso[57], que se han revelado como el colmo del mal gusto, meros funcionarios petersburgueses que han tenido un breve instante de éxito. ¿Y por qué han sido rechazados? Pues porque esos personajes son verdaderamente malos, impacientes y se ocupan sólo de sí mismos, sin ningún disimulo, con lo que destruyen la armonía del buen tono, cuya principal premisa consiste en fingir que cada uno vive para todos y todos para cada uno. Mire, ahí traen unas flores: ramos para las señoras y rosas sueltas para que los caballeros las luzcan en el ojal. ¡Fíjese qué rosas, tan cuidadas, tan selectas, rociadas con agua! Jamás una muchacha del campo ha escogido y cortado algo tan exquisito para el joven galán al que ama. Y sin embargo, esas rosas se venden por cinco y diez groschens la pieza, y la muchacha de los campos no ha tocado nunca nada igual. La edad de oro está por venir; en cuanto a la nuestra, es la edad del comercio; pero ¿qué más le da a usted? ¿Qué le importa? Adornan, son hermosas, y la escena parece casi digna del paraíso. ¿Es que no da lo mismo una escena «digna del paraíso» que otra «casi digna del paraíso»? Y fíjese usted en el buen gusto y en la probidad de la idea. Dígame, ¿qué puede armonizar mejor con las aguas, es decir, con la esperanza de curación, con la salud, que unas flores? Las flores son la esperanza. ¡Cuánto gusto encierra ese pensamiento! Acuérdese usted de la Escritura: «No os preocupéis del vestido, considerad las flores del campo; Salomón, en toda su gloria, no iba vestido como ellas; con más razón Dios os vestirá». No las recuerdo con exactitud, pero ¡qué palabras tan hermosas[58]! Encierran toda la poesía de la vida, toda la verdad de la naturaleza. Pero, mientras la verdad de la naturaleza se impone y los hombres, con sencillez y corazón alegre, se coronan unos a otros con las flores de un sincero amor humano, todo eso se compra y se vende por cinco groschens, sin incluir el amor. Y vuelvo a decirle, ¿no le da a usted lo mismo? En mi opinión, hasta es más cómodo, porque, en verdad, hay algunos amores que le hacen a uno salir huyendo, ya que exigen demasiado reconocimiento, mientras que aquí sacas unos groschens y asunto concluido. En realidad, gozamos de algo muy semejante a una edad de oro y, a poco que tenga uno imaginación, con eso basta. Sí, la riqueza contemporánea debe fomentarse, aunque sea a expensas de los demás. Proporciona lujo y buen tono, cosas que el resto de la humanidad no puede darme. Aquí puedo contemplar un cuadro exquisito que me alegra, y por la alegría siempre hay que pagar. La alegría y la jovialidad siempre han costado más que nada, y sin embargo, yo, un hombre pobre, sin dispendio alguno, puedo participar también en la alegría general, al menos de una manera vicaria. Fíjese: suena la música, la gente ríe, las señoras van vestidas como nadie se vistió nunca en tiempos de Salomón; y, aunque todo eso sea un espejismo, tanto a usted como a mí nos alegra; por último, hablando con toda franqueza, ¿acaso soy yo un hombre decente? (Me refiero sólo a mí mismo.) Pero, gracias a las aguas, estoy aquí codeándome con la flor y nata de la sociedad. ¡Y con qué apetito irá usted ahora a degustar su abominable café alemán! A eso es a lo que yo llamo el aspecto positivo de la buena sociedad.


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