Diario de un escritor

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Eso es lo que decía en el artículo final del número de agosto de mi Diario, y creo que no estaba equivocado. Un genuino sentimiento unificador es en verdad una felicidad en la vida de una nación. Si me he equivocado en algo, ha sido, acaso, en haber exagerado un tanto el grado de nuestro «creciente acuerdo» y de «nuestra conciencia». Pero ni siquiera en ese punto estoy dispuesto a ceder. A quienquiera que ame a Rusia hace tiempo que le duele en el alma la desunión que se observa entre las capas altas y las clases humildes —el pueblo y la vida popular—, que es un hecho cierto del que nadie puede dudar. Pues bien, esa desunión se ha desvanecido y se ha debilitado parcialmente, gracias, en mi opinión, a ese movimiento en favor de la cuestión eslava que ha sacudido este año toda Rusia. Desde luego, no podemos suponer que nuestra ruptura con el pueblo se haya superado y subsanado del todo. Sigue estando presente y subsistirá mucho tiempo, pero momentos históricos como los que hemos vivido este año contribuyen sin ninguna duda a «acrecentar nuestro acuerdo y a aclarar nuestros malentendidos»; en una palabra, contribuyen, por un lado, a que tengamos una mejor comprensión del pueblo y de la vida rusa y, por otro, a que el propio pueblo tenga un conocimiento más preciso de esos hombres extraños, a los que considera extranjeros y no rusos, de los «señores», como nos sigue llamando hasta la fecha.


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