Diario de un escritor

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Hay que reconocer que el pueblo, también en esta ocasión, en ese movimiento que ha afectado a todos los rusos este año, se ha mostrado más razonable, más preciso y más claro que muchos miembros de nuestra clase intelectual. El pueblo ha hecho gala de un sentimiento espontáneo, sencillo y poderoso, de un criterio firme y, sobre todo, de una unanimidad y una armonía sorprendentes. Ni siquiera se ha planteado las siguientes cuestiones: «¿Por qué hay que ayudar precisamente a los eslavos? ¿Se les debe ayudar? ¿A quién debemos ayudar más y a quién negar toda clase de ayuda? ¿No comprometeremos de algún modo nuestros valores morales y perjudicaremos nuestro propio desarrollo cívico si vamos demasiado lejos en la ayuda? Por último, ¿con quién vamos a luchar y por qué es necesario que luchemos?», etc., etc. En suma, los millares de interrogantes que ponderó nuestra clase intelectual, sobre todo ciertos sectores selectos de esa clase, aquellos que siguen mirando al pueblo con desdén, despreciándolo desde lo alto de su educación europea (a veces completamente imaginaria); es en esos «círculos selectos» donde surgieron disonancias bastantes notables, inseguridad de criterios, una extraña incomprensión a veces de los hechos más sencillos, una vacilación casi ridícula sobre lo que debe y no debe hacerse, etc. «¿Debemos o no debemos ayudar a los eslavos? Y, en caso afirmativo, ¿por qué debemos ayudarlos? ¿Y por qué razón es más moral y más atractivo ayudarlos: por esta o por esa otra?» Todas esas cuestiones, llevadas a veces hasta la extravagancia, acabaron planteándose, se oyeron en las conversaciones, se plasmaron en hechos, se reflejaron en la literatura. Pero sobre esa cuestión no he leído nada más sorprendente que el artículo que apareció en el número de septiembre de este año de El Mensajero de Europa, en la sección titulada «Noticias de nuestro país». El artículo versa precisamente sobre el actual movimiento en favor de la ayuda fraternal a los eslavos oprimidos, cuestión que se esfuerza por analizar con la mayor profundidad posible. El pasaje de ese artículo que se ocupa del pueblo y de la sociedad rusos no es muy largo —cuatro o cinco páginas—, así que me permitiré seguir esas páginas por orden, aunque, naturalmente, sin citarlo de manera íntegra. En mi opinión, esas páginas son sumamente curiosas y constituyen, por decirlo así, un documento a su modo. El fin que persigo se revelará por sí mismo al final de la labor de la que paso a ocuparme, de suerte que ni siquiera será necesario, creo, extraer ninguna moraleja particular.


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