Diario de un escritor
Diario de un escritor El caso es que no se trata de un relato ni de unas anotaciones. Imaginaos a un marido que tiene delante de sí, tendida sobre una mesa, a su mujer, que se ha suicidado unas horas antes arrojándose por la ventana. Está anonadado y aún no ha conseguido ordenar sus ideas. Va y viene por las habitaciones y se esfuerza por comprender lo que ha pasado, por «concentrar sus pensamientos en un punto». Añadamos a eso que es un hipocondríaco inveterado, uno de esos hombres que conversan consigo mismos. De modo que se está hablando, se cuenta lo ocurrido y procura poner las cosas en claro. A pesar de la aparente coherencia de su discurso, se contradice varias veces, tanto en la lógica como en los sentimientos. Tan pronto trata de justificarse como acusa a la difunta o se pierde en explicaciones accesorias, y sus consideraciones nos revelan la crudeza de sus pensamientos y de su corazón, así como la profundidad de sus sentimientos. Poco a poco consigue realmente poner las cosas en claro y concentrar «sus pensamientos en un punto». La sucesión de pensamientos que evoca acaba conduciéndole inexorablemente a la verdad; y esa verdad eleva inexorablemente su espíritu y su corazón. Al final hasta el tono del relato cambia, en comparación con el caótico comienzo. La verdad se revela al desdichado de manera bastante neta y precisa, al menos para sí mismo.