Diario de un escritor
Diario de un escritor A modo de conclusión me gustaría señalar que, en general, el tipo del revolucionario ruso, a lo largo de todo este siglo, es el ejemplo más evidente de hasta qué punto nuestra sociedad avanzada y culta se ha separado del pueblo y ha olvidado las verdaderas necesidades y exigencias de éste (de hecho, ni siquiera quiere conocerlas). En lugar de preocuparse realmente de aliviar la suerte del pueblo, le propone soluciones que no pueden ser más ajenas a su espíritu y su forma de vida, soluciones que en absoluto podría aceptar, aun en caso de que las entendiera. Nuestros revolucionarios no dicen lo que deberían decir ni se ocupan de lo que deberían ocuparse, y eso desde hace ya un siglo. En los tiempos que corren, por razones muy variadas y complejas, de las que no dejaremos de ocuparnos en uno de los números futuros del Diario, se ha creado un tipo de revolucionario ruso tan alejado del pueblo que uno y otro son totalmente incapaces de comprenderse: el pueblo no entiende en absoluto qué es lo que quieren los revolucionarios y estos últimos han perdido tanto de vista al pueblo que ni siquiera son conscientes de su divorcio con él (como sí lo eran, por ejemplo, los miembros del círculo de Petrashevski). Al contrario, no sólo van directamente al pueblo con los mensajes más extraños, sino que tienen el firme y beatífico convencimiento de que el pueblo no dejará de comprenderlos. Ese embrollo sólo puede acabar por sí mismo, pero para ello es necesario que se complete y se cierre el círculo de nuestro europeísmo y que volvamos todos la vista a nuestro suelo nativo.