Diario de un escritor

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Desde luego, uno siente una pena terrible del pobre muchacho que celebraba su santo, pero no voy a extenderme sobre las causas probables de este luctuoso caso, ni en particular sobre el tema de «las calificaciones, la severidad excesiva» y demás. Todas esas cosas existían también antaño y, sin embargo, no se producían suicidios; es evidente que ésa no es la causa. He hablado del episodio de Adolescencia por la semejanza que se advierte entre los dos casos, pero hay una enorme diferencia. No cabe duda de que Misha, que celebraba su santo, no se mató sólo por rencor y por miedo. Ambos sentimientos —tanto el rencor como la cobardía enfermiza— son demasiado sencillos y más bien habrían encontrado una salida en sí mismos. No obstante, el miedo al castigo pudo ejercer en verdad cierta influencia, sobre todo en ese estado de mórbida ansiedad, pero, aun así, debió de tratarse de un sentimiento mucho más complejo, y es muy posible que se produjera algo semejante a lo que describe el conde Tolstói; a saber, cuestiones infantiles reprimidas, aún poco conscientes, la poderosa sensación de una injusticia opresiva, el sentimiento angustioso, precoz y doloroso de la propia insignificancia, la formulación, planteada de forma cada vez más enfermiza y acuciante, de la siguiente cuestión: «¿Por qué no me quiere nadie?», el deseo apasionado de ganarse la compasión ajena, o lo que es lo mismo, el deseo apasionado de que todos nos quieran, así como muchísimas otras complicaciones y sutilezas. El caso es que sin duda intervinieron esos u otros matices, pero también se perciben rasgos de una realidad nueva, completamente distinta de la que imperaba en una serena familia de terratenientes moscovitas de clase media alta, sólidamente establecida desde tiempos antiguos, cuyo historiador ha sido entre nosotros el conde Lev Tolstói, que apareció, por lo visto, en el preciso instante en que la antigua estructura de la nobleza rusa, basada en el viejo modo de vida de los terratenientes, se enfrentaba a una situación nueva y desconocida, a un desafío radical, o al menos a una redefinición bajo formas nuevas, aún no manifiestas y casi totalmente desconocidas. En el caso que nos ocupa se advierte un rasgo particular de la época en que vivimos. El chico del conde Tolstói podía soñar, vertiendo lágrimas amargas y abrumado por una tierna emoción, con el momento en que ellos entraran, lo encontraran muerto y, llenos de amor, empezaran a lamentarse y a culparse. Podía soñar incluso con el suicidio, pero sólo soñar: el severo orden de una familia noble consolidada por la historia habría impreso su marca incluso en un niño de doce años y no habría permitido que su sueño se convirtiera en realidad; en cambio, el otro muchacho en cuanto lo soñó lo llevó a la práctica. No obstante, al subrayar ese detalle, no sólo tengo en mente la actual epidemia de suicidios. Me da la impresión de que aquí hay algo que no va bien, de que numerosos aspectos de la vida rusa se han quedado sin un observador, sin un historiador. Al menos, está claro que la vida de la nobleza medio alta, descrita de forma tan vívida por nuestros literatos, ya no constituye más que un rincón insignificante y particular de la vida rusa. ¿Quién será el historiador de los demás rincones, numerosísimos, a lo que parece? Y si en ese caos que reina de un tiempo a esta parte en nuestra sociedad, pero de especial manera en los últimos años, se ha vuelto acaso imposible para el artista —aunque tuviera la talla de Shakespeare— encontrar una ley normal y un hilo conductor, ¿quién iluminará al menos una parte de ese caos, sin soñar siquiera con un hilo conductor? Lo principal es que nadie parece capaz todavía de hacer algo semejante; es como si fuera demasiado pronto incluso para nuestros más grandes artistas. No puede negarse que nuestro modo de vida se está desintegrando y, en consecuencia, también la familia. En cualquier caso, es indudable que está surgiendo también una vida distinta, basada en principios nuevos. ¿Quién los descubrirá y nos los señalará? ¿Quién puede definir y enunciar, aunque sea de manera somera, las leyes tanto de esa desintegración como de esa nueva formación? ¿O es demasiado pronto? Pero ¿hemos tomado nota de todo lo que ha pasado, de los acontecimientos que han conducido a esta situación?


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