Diario de un escritor
Diario de un escritor Así pues, lo enterraron como a un santo. Todos los pobres cerraron sus tiendas y se unieron al cortejo fúnebre. Es costumbre entre los judíos que unos niños canten salmos en los entierros, pero no se les permite hacerlo cuando el difunto pertenece a otra confesión. En esta ocasión, no obstante, los niños marchaban delante del ataúd y cantaban los salmos a pleno pulmón. En todas las sinagogas se rezó por su alma y las campanas de todas las iglesias repicaron durante el desfile del cortejo. Había una banda militar, y unos músicos judíos fueron a ver al hijo del difunto y le pidieron permiso para tocar durante la marcha, pues lo consideraban un honor. Todos los pobres aportaron algo —unos diez kopeks, otros cinco— y los judíos ricos ofrecieron cuantiosas donaciones y encargaron una enorme y magnífica corona de flores naturales, con cintas blancas y negras a los lados, donde habían consignado, en letras de oro, sus principales merecimientos, como, por ejemplo, la fundación de un hospital, etc.; no pude leer todo lo que se decía allí; y en cualquier caso, ¿quién podría enumerar todas sus buenas obras?
Sobre su tumba el pastor y el rabino pronunciaron sendos discursos, y ambos lloraban; en cuanto a él, llevaba su uniforme viejo y gastado, con un astroso pañuelo anudado a la cabeza, esa cabeza tan querida; se diría que estuviera durmiendo, tan fresco era el color de su rostro…