Diario de un escritor
Diario de un escritor Un caso aislado, dirá alguno. Bueno, señores, pido perdón una vez más: una vez más veo en un caso aislado casi el comienzo de la solución de toda la cuestión… me refiero a la «cuestión judía», como titulé el segundo capítulo de este Diario. A propósito, ¿por qué he llamado a ese viejo médico un «hombre universal»? No era un hombre universal, sino más bien un hombre común. Esa ciudad de M. es la capital provincial de una región occidental, en la que viven muchos judíos, así como alemanes, rusos, naturalmente, polacos, lituanos; y toda esa gente, todas esas nacionalidades, reconocían a ese anciano recto como a uno de los suyos. Él mismo era protestante y alemán, alemán de los pies a la cabeza: su manera de comprar una vaca y enviársela a un judío pobre es un rasgo de típico Witz[81] germano. Empieza desconcertándole: «¿Cómo vas a pagarme?». Ni que decir tiene que, cuando el pobre hombre vende su última cabra para pagar a su «benefactor», no siente el menor resquemor; al contrario, lamenta amargamente que sólo le paguen por su cabra cuatro rublos, porque «ese pobre anciano que trabaja para todos los menesterosos también tiene que vivir; ¿cómo van a compensar cuatro rublos todo el bien que ha hecho a mi familia?». El anciano es un viejo zorro y se ríe para sus adentros, pero su corazón late con fuerza: «Voy a enseñarle a ese pobre hombre cómo gastamos bromas los alemanes». Cómo debió de reírse para sus adentros cuando le envió al judío la vaca y qué reconfortado debió de sentirse toda esa noche, que quizá pasó en la miserable chabola de una pobre parturienta judía. A los ochenta años sería más conveniente que pasara la noche durmiendo y diera descanso a sus huesos viejos y cansados. Si yo fuera pintor, ahí tendría un cuadro «de género» del que ocuparme: esa noche pasada en casa de la parturienta judía. Me gusta muchísimo el realismo en el arte, pero las telas de algunos de nuestros realistas contemporáneos carecen de «centro moral», como me decía el otro día un vigoroso poeta y refinado artista al hablarme del cuadro de Semiradski. Creo que en el tema del cuadro de «género» que propongo habría un centro de ese tipo. ¡Y qué asunto tan extraordinario para un artista! En primer lugar, tenemos la miseria inimaginable, hedionda, sin paliativos, de la cabaña de la pobre judía. Y se podría hacer gala de mucho humor, que vendría muy a propósito, pues el humor es, a fin de cuentas, la agudeza de un sentimiento profundo, una definición que me agrada sobremanera. Con discreción y delicadeza un artista podría sacar mucho partido redistribuyendo esos objetos miserables, esos utensilios domésticos, en la vieja cabaña, y con esa curiosa redistribución conseguiría al punto que se os encogiera el corazón. También la iluminación podría convertirse en un elemento interesante: una vela de sebo, que gotea por todas partes, acaba de consumirse en una mesa torcida, y, a través del único ventanuco, helado y cubierto de escarcha, penetra la claridad de un nuevo día, un nuevo día de fatigas para los pobres. Las parturientas difíciles suelen alumbrar sus criaturas por la mañana: sufren toda la noche y dan a luz al amanecer. El viejo doctor, muy fatigado, deja por un momento a la madre y se ocupa del recién nacido. No hay nada para envolverlo, ni una venda ni un trapo (esa pobreza existe, señores, puedo jurarlo; eso es realismo puro, un realismo que, por decirlo de alguna manera, roza lo fantástico), y el probo anciano se ha quitado su raída levita y su camisa, que ahora está haciendo tiras. Tiene un aire severo y concentrado. El pobre judío recién nacido patalea en la cama delante de él; el cristiano lo coge en sus brazos y lo envuelve en la camisa que acaba de quitarse de los hombros. ¡Ahí está la solución de la cuestión judía, señores! El torso desnudo de ese médico de ochenta años, que tiembla del frío de la mañana, podría ocupar un lugar destacado en el cuadro, así como también el rostro del anciano y el de la joven parturienta extenuada, que mira al recién nacido y las maniobras del médico. Cristo ve todo eso desde lo alto y el médico lo sabe: «Este pobre judío crecerá y quizá algún día se quitará la camisa para dársela a un cristiano, recordando lo que le han contado de su nacimiento», piensa el anciano para sus adentros, con una fe ingenua y generosa. ¿Ocurrirá así? Lo más probable es que no, pero no hay que descartarlo por completo; lo mejor que podemos hacer en este mundo es creer que eso puede ocurrir y ocurrirá. Y el médico tiene derecho a creerlo, porque a él ya le ha ocurrido: «Lo que yo he hecho, lo hará otro; ¿en qué soy yo mejor que los demás?», argumenta para darse ánimos. Una judía vieja, cansada y cubierta de harapos, la madre de la parturienta, se afana junto a la estufa. El marido, que ha ido a por un saco de astillas, abre la puerta de la cabaña y una nube de vapor helado irrumpe por un momento en la habitación. En el suelo, sobre un lecho de fieltro, duermen a pierna suelta dos niños de corta edad. En suma, la ambientación podría ser muy sugestiva. Hasta los treinta kopeks de cobre que el médico ha contado y ha dejado sobre la mesa para que preparen una sopa a la parturienta añadirían otro detalle: un montoncito de piezas de cobre de tres kopeks, cuidadosamente apiladas, no arrojadas de cualquier manera. Incluso podría incluirse algún adorno de nácar, como en el cuadro de Semiradski, donde podemos ver un objeto de nácar pintado con admirable maestría: a los médicos se les regala a veces (para no darles demasiado dinero) unas figurillas muy bonitas; así pues, junto al montoncito de monedas de cobre, descansa la pitillera de nácar del médico. Sí, estoy seguro, ese cuadrito tendría un «centro moral». Ojalá lo pinte alguien.