Diario de un escritor
Diario de un escritor ¡Un caso aislado! Hará cosa de un par de años, en una localidad del sur de Rusia (cuyo nombre he olvidado), la prensa se ocupó de un médico que una mañana muy calurosa, después de darse un baño, se dirigió a toda prisa a su casa, refrescado y revigorizado, para tomar el café; por ese motivo se negó a prestar ayuda a un ahogado al que acababan de sacar del agua, a pesar de los ruegos de la multitud. Creo recordar que lo llevaron a juicio. Y sin embargo, es posible que fuese un hombre cultivado, imbuido de ideas nuevas, un progresista, pero de esos que reclaman «racionalmente» nuevas leyes y derechos para todos y no prestan atención a los casos individuales. Hasta es posible que pensara que los casos individuales son más bien perjudiciales, puesto que demoran la solución general de la cuestión, y que, en lo que respecta a los casos individuales, «cuanto peor, mejor». Pero sin casos individuales no pueden instituirse derechos comunes. El hombre universal del que nos hemos ocupado hace un momento, aunque sea un caso aislado, consiguió reunir en torno a su tumba a una ciudad entera. Esas campesinas rusas y esas pobres judías se apretujaban junto a su ataúd, y juntas lloraban y le besaban los pies. Cincuenta y ocho años de servicios a la humanidad en esa ciudad, cincuenta y ocho años de amor infatigable unieron a todos, al menos por un vez, al pie del ataúd, embargados de una misma emoción y un mismo pesar. La ciudad entera participó en el cortejo fúnebre, repicaron las campanas de todas las iglesias, se entonaron oraciones en todas las lenguas. El pastor, bañado en lágrimas, pronunció su discurso delante de la tumba abierta. El rabino esperaba a su lado y, cuando el pastor terminó, ocupó su lugar y pronunció su discurso vertiendo las mismas lágrimas. Pues bien, en ese momento casi se resolvió la llamada «cuestión judía». El pastor y el rabino se unieron en un amor común y faltó poco para que se abrazaran delante de esa tumba, en presencia de cristianos y judíos. ¿Qué importa que al separarse todos volvieran a caer en sus viejos prejuicios?: gota a gota, el agua horada la piedra; esos «hombres universales» conquistan el mundo uniéndolo; los prejuicios irán palideciendo ante cada nuevo caso aislado, hasta acabar desapareciendo. Sobre ese anciano circulan ya leyendas, escribe la señorita L., que también es judía y que también lloró sobre la cabeza «tan querida» de ese amigo de la humanidad. Pero las leyendas son el primer paso hacia la acción, son un recuerdo vivo, un recordatorio incesante de esos «conquistadores del mundo», a los que pertenece la tierra. Cuando os hayáis persuadido de que en verdad son conquistadores y de que son personas así las que en verdad «heredarán la tierra», casi os habréis unido en un todo. Todo eso es muy sencillo, sólo una cosa parece ardua: convencerse de que sin esos casos aislados no se alcanzará ningún resultado; todo puede estar a punto de desmoronarse, pero ellos volverán a unirlo. Son ellos quienes inspiran pensamientos, quienes nos donan la fe, quienes representan la experiencia viva y, por tanto, también una prueba. Y no hay ninguna necesidad de esperar a que todos los hombres, o al menos una inmensa mayoría, sean tan buenos como ellos: se necesitan muy pocas personas así para salvar el mundo, tan poderosas son. Y si eso es así, ¿cómo no vamos a abrigar esperanzas?