Diario de un escritor
Diario de un escritor Cuando se me ocurrió pensar en las luces de gas, mientras andaba por la calle, alcé los ojos al cielo. Estaba terriblemente oscuro, pero podían distinguirse con claridad las nubes deshilachadas, y entre ellas insondables manchas negras. De pronto reparé en una estrellita que destacaba en una de esas manchas y me puse a mirarla fijamente. Lo hice así porque esa estrellita me sugirió una idea: decidí que esa noche acabaría con mi vida. Había tomado esa firme decisión dos meses antes, y, a pesar de mi pobreza, había comprado un magnífico revólver que había cargado ese mismo día. Pero habían pasado ya dos meses y seguía guardado en un cajón; me importaba tan poco todo que quería aprovechar un momento en que no me resultase todo tan indiferente, aunque no sabría decir por qué razón. Así pues, desde hacía dos meses, cada noche, al regresar a casa, pensaba que me iba a pegar un tiro. Seguía aguardando el momento oportuno. Y de pronto esa estrellita me había sugerido la idea, así que decidí que sería sin falta esa noche. Lo que no sé es por qué la estrellita me sugirió esa idea.