Diario de un escritor
Diario de un escritor Y asÃ, al poco tiempo, descubrà la verdad. La descubrà el pasado mes de noviembre, el 3 de noviembre, para ser más exactos; a partir de esa fecha puedo recordar cada instante de mi existencia. Era una noche sombrÃa, la más sombrÃa que pueda imaginarse. Me dirigÃa a casa, pasadas ya las diez, y recuerdo que iba pensando en que no era posible concebir ambiente más sombrÃo que aquél. Ni siquiera en sentido fÃsico. HabÃa estado lloviendo todo el dÃa, una lluvia frÃa y lóbrega a más no poder, una lluvia incluso amenazante, me acuerdo muy bien, con una manifiesta hostilidad por los hombres; luego, de pronto, a eso de las once, cesó, y empezó a percibirse una terrible humedad, más húmeda y frÃa que la misma lluvia; y, si uno clavaba la mirada en la lejanÃa, creÃa percibir una especie de vapor levantándose de todo, de cada piedra del pavimento, de cada callejón. De pronto me dije que si se apagaran todas las luces de gas, se sentirÃa uno mejor, pues esas luces, al iluminar todo eso, llenaban de tristeza el corazón. Ese dÃa casi no habÃa probado bocado; desde primeras horas de la tarde habÃa estado en casa de un ingeniero, al que acompañaban dos amigos. Apenas habÃa abierto la boca, asà que es de suponer que mi presencia les aburriese. Estaban hablando de no sé qué asunto controvertido y de pronto se acaloraron. Pero yo me daba cuenta de que todo aquello les daba lo mismo y de que sólo se acaloraban para guardar las formas. De pronto les dije lo siguiente: «Pero, señores, todo eso les da lo mismo». Ellos no se ofendieron, pero se rieron de mÃ. Sólo porque no les habÃa dicho aquello en son de reproche, sino simplemente porque me daba igual. Se dieron cuenta de que todo me daba igual, y eso les hizo gracia.