Diario de un escritor

Diario de un escritor

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Antaño la idea de parecer ridículo me hacía sufrir mucho. Y no es que lo pareciera, es que lo era. Siempre he sido un hombre ridículo y probablemente lo he sabido desde el día de mi nacimiento. Probablemente lo he sabido desde la edad de siete años. Luego fui al colegio y más tarde a la universidad… ¿y qué quieren que les diga? Cuanto más estudiaba, más cuenta me daba de que era ridículo. De suerte que, en mi caso, cuanto más profundizaba en mis estudios universitarios más evidente me parecía que la única razón de esos conocimientos era demostrarme, revelarme, que era un hombre ridículo. Y en la vida me ha sucedido lo mismo que en los estudios. De año en año ha crecido y se ha reforzado en mí la conciencia de ser un hombre ridículo en todos los sentidos. Todo el mundo se ha reído siempre de mí. Pero ninguno sabía ni sospechaba que si había en este mundo un hombre que supiera mejor que nadie lo ridículo que era, ese hombre era yo; y eso era lo que más me afligía, que no lo supieran, aunque la culpa la tenía yo: siempre he sido tan orgulloso que nunca y bajo ninguna circunstancia he querido confesárselo a nadie. Ese orgullo ha ido creciendo en mí con el paso de los años, de manera que si en algún momento hubiera llegado a reconocer ante otra persona que era un hombre ridículo, creo que esa misma tarde, sin perder un segundo, me habría saltado la tapa de los sesos. ¡Ah, cuánto me hacía sufrir, en mi adolescencia, el temor de no saber contenerme y de confesárselo todo de golpe a mis compañeros! Pero a medida que fui madurando, sin saber por qué, me fui tranquilizando, aunque de año en año me iba haciendo más y más consciente de mi terrible peculiaridad. Y digo bien «sin saber por qué», pues aún sigo buscando la razón exacta. Quizá porque en mi alma fue acrecentándose un sufrimiento terrible, motivado por una circunstancia que estaba infinitamente por encima de mí; a saber, la convicción, que acabó dominándome, de que en este mundo, estemos donde estemos, todo da lo mismo. Hacía mucho tiempo que lo sospechaba, pero el convencimiento pleno sólo surgió el último año, y como por arte de magia. De pronto sentí que me daba lo mismo que el mundo existiera o que no hubiera nada en ninguna parte. Empecé a sentir y percibir con todo mi ser que a mi alrededor no había nada. Al principio seguía pareciéndome que antaño había habido muchas cosas, pero luego llegué a la conclusión de que tampoco antes había habido nada, de que no había sido más que una figuración mía. Poco a poco me convencí de que tampoco en el futuro habría nunca nada. Entonces, de buenas a primeras, dejé de enfadarme con los hombres y hasta dejé casi de prestarles atención. En verdad, todo eso se manifestaba incluso en las cosas más insignificantes: por ejemplo, cuando iba por las calles, tropezaba con la gente. Y no porque estuviera sumido en mis pensamientos: no tenía nada en lo que pensar, había dejado de pensar definitivamente: me daba todo lo mismo. Si al menos hubiera encontrado soluciones a las cuestiones que me acuciaban; pero no resolví ni una sola, y eso que las había a cientos. Pero como nada me importaba, todas las cuestiones se desvanecían.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker