Diario de un escritor
Diario de un escritor Aún no he terminado con los ofensores anónimos. Es el caso que un hombre así puede representar un tipo literario sumamente interesante para una novela o relato. Ante todo, se le puede y se le debe considerar desde otro punto de vista, desde el punto de vista social, humano, y conciliarlo con el carácter ruso en general y con los factores contemporáneos que han motivado la aparición de ese tipo en particular entre nosotros. En efecto, apenas os ponéis a trabajar en ese carácter, cuando os dais cuenta de que es inevitable que en nuestro país haya esa clase de gente o, mejor dicho, que en los tiempos que corren no podemos esperar otra cosa que tipos así, y que, si todavía son relativamente poco numerosos, ello se debe a la especial misericordia de Dios. En efecto, todas esas personas se han criado en las inestables familias de nuestro tiempo, con padres descontentos y escépticos, que no han transmitido a sus hijos más que indiferencia por todas las cuestiones esenciales y poco más que una inquietud indeterminada por cierto acontecimiento futuro, terriblemente fantástico, pero en el que creen incluso esos llamados realistas de manual y fríos detractores de nuestro presente. Y que además les han transmitido, ni que decir tiene, su impotente risa escéptica, apenas consciente, pero siempre plenamente satisfecha. ¿Cuántos niños han crecido, en los últimos veinte o veinticinco años, en medio de esos envidiosos repugnantes que han dilapidado sus últimos recursos y han dejado a sus hijos la pobreza y su bajeza como único legado? ¿Acaso ha habido pocas familias de ese tipo? Supongamos ahora que un joven encuentra un empleo. Carece de prestancia, «no tiene ingenio» ni relaciones de ningún tipo. Posee un talento natural que, por lo demás, a nadie le falta, pero como en su caso sólo le ha servido para entregarse a esa estéril actitud despectiva que en nuestro país se considera liberalismo desde hace veinticinco años, a nuestro héroe le entran en seguida ínfulas de genio. ¡Dios mío, cómo no va dar muestras de un amor propio ilimitado un hombre que ha crecido sin el menor apoyo moral! Al principio se pavonea de una manera terrible, pero a pesar de todo no carece de inteligencia (prefiero tomar como modelo a un hombre más inteligente que la media y no al revés, pues sólo en esos casos puede darse un hombre de ese tipo), no tarda en darse cuenta de que ese desprecio, después de todo, es algo negativo que no lleva a ninguna parte. Puede que satisficiera a su padre, porque no era más que un vejestorio, a pesar de su liberalismo, pero él, su hijo, es un genio, sólo que hasta ahora no ha tenido ocasión de demostrarlo. Ah, naturalmente, en su fuero interno está dispuesto a cometer la mayor vileza, «pues ¿por qué no se debe recurrir a la vileza para conseguir algo? Además, en los tiempo que corren, ¿quién puede demostrar que una vileza es una vileza?», etc. En suma, ha crecido en medio de esas cuestiones formularias. Pero no tarda en comprender que, ahora, hasta para sacar provecho de la vileza, es preciso hacer cola mucho tiempo; además, incluso una persona como él es consciente de que entre la disposición amoral a cometer una vileza y el hecho mismo de cometerla hay un gran trecho, y de que antes de ponerse manos a la obra se requiere práctica. Ni que decir tiene que, si fuera un poco más tonto, se resignaría en un abrir y cerrar de ojos: «Al diablo con las aspiraciones elevadas; más vale ponerse bajo el ala de éste o aquél, seguir su estela con sumisión y tenacidad y… hacer carrera». Pero su amor propio y su convencimiento de que es un genio se lo impide durante mucho tiempo: ni siquiera con el pensamiento consigue compaginar el glorioso destino que concibe para sí con el de éste o aquél. «No, por ahora nos quedaremos en la oposición; y si me quieren, que vengan a buscarme de rodillas.» Y sigue esperando a que alguien venga de rodillas, rabia que te rabia, y entre tanto alguien a su lado sube un peldaño más en el escalafón, otro llega a su altura, un tercero se convierte en su jefe, ese mismo individuo al que, antaño, en los tiempos de la «escuela superior», le puso un apodo y le compuso un epigrama en verso, cuando publicaba un diario escolar manuscrito y pasaba por un genio. «¡No, esto ya es un insulto! ¿Por qué él y no yo? ¡Y no queda un puesto libre en ninguna parte! No —piensa—, aquí no puedo prosperar. ¿Qué sentido tiene trabajar en la administración? Mi porvenir está en la literatura», y empieza a enviar sus obras a las redacciones, al principio de incógnito, luego firmando con su nombre y apellidos. Ni que decir tiene que no le contestan; él se impacienta y se pone a llamar personalmente a la puerta de las redacciones. Y cuando le devuelven un manuscrito, se permite hasta gastar alguna broma y hacer chistes, lleno de bilis por dentro, aliviando de algún modo su corazón, aunque de poca ayuda le sirve. «No, está visto que todos los puestos están ocupados», se dice con una amarga sonrisa. Lo que más le atormenta es la fatal necesidad de encontrarse siempre y en todas partes con personas que valen menos que él. ¡Ah, nunca será capaz de entender que un hombre pueda alegrarse de que haya alguien mejor que él! Y es entonces cuando se le ocurre por primera vez la idea de enviar algún anónimo insultante a una de las redacciones que más le han ofendido. Lo escribe, lo envía, vuelve otra vez a la carga, y la cosa le gusta. Pero no obtiene ningún resultado y a su alrededor todo sigue como antes, sordo, mudo y ciego. «No, está claro que aquí no puedo prosperar», concluye de una vez por todas y toma, por fin, la resolución de «pegarse a alguien». Elige a un personaje, precisamente a su jefe, el director, decisión en la que quizá influyan la casualidad o sus insignificantes relaciones. Después de todo, el Poprischin[82] de Gógol empezó a distinguirse aguzando plumas; gracias a esa habilidad fue convocado en el domicilio de su excelencia, donde vio a la hija del director y aguzó dos plumas para ella. Pero los tiempos de los Poprischin han pasado: las plumas ya no se afilan, y además nuestro héroe tenía que ser fiel a su carácter: no son plumas lo que tiene en la cabeza, sino los sueños más osados. Resumiendo, en poquísimo tiempo llega al convencimiento de que se ha ganado el corazón de la hija del director, de que ésta bebe los vientos por él. «Aquí sí que puedo prosperar —piensa—; además, ¿para qué sirven las mujeres si no es para permitir que los hombres inteligentes prosperen? A eso se reduce, en el fondo, toda la cuestión femenina, si se la examina de manera realista. Y sobre todo, no hay por qué sentir vergüenza: ¿acaso escasean los hombres a quienes las mujeres han allanado el camino?» Pero… pero en ese momento, como en el caso de Poprischin, aparece un ayudante. Poprischin reacciona de acuerdo con su carácter: se vuelve loco de tanto soñar que es el rey de España. ¡Y era natural! ¿Qué otra cosa podía hacer el humillado Poprischin, sin relaciones, sin porvenir, sin audacia ni iniciativa de ningún tipo, y encima en el San Petersburgo de aquella época, aparte de entregarse a las fantasías más disparatadas y creer en su realidad? Pero nuestro Poprischin, el Poprischin de nuestro tiempo, por nada del mundo querrá creer que no es más que un trasunto del Poprischin original, una réplica suya, sólo que a treinta años de distancia. Su alma está llena de truenos y relámpagos, de desprecio y de sarcasmos, y acaba entregándose a otra fantasía, sólo que de un tipo distinto. Recuerda la existencia de las cartas anónimas, a las que ya ha recurrido una vez, y se arriesga a escribir una breve misiva, pero el destinatario ya no es un redactor de periódico, sino alguien más distinguido: siente que entra en una nueva fase práctica. Ah, cómo se encierra en su tabuco, ocultándose de la mirada de su patrona; cómo tiembla ante la idea de que alguien pueda verlo. Pero se pone a escribir una línea tras otra, desfigurando la letra, llena cuatro páginas de insultos y calumnias y las relee con fruición; después de pasar la noche ocupado en esa labor, al amanecer sella la carta y la dirige al ayudante que se ha prometido con la hija del director. Ha desfigurado la letra, así que no tiene nada que temer. A partir de entonces no hace más que contar las horas; ya ha debido llegar la carta, esa carta dirigida al novio en la que se habla de su prometida: está seguro de que renunciará a su mano y se asustará, pues no es una carta cualquiera, sino un chef-d’oeuvre. Nuestro joven amigo sabe perfectamente que es un canalla redomado, pero eso le alegra: «Estamos en la época del desdoblamiento mental y de la manga ancha; en los tiempos que corren con un pensamiento rectilíneo no se va a ninguna parte».