Diario de un escritor

Diario de un escritor

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Naturalmente, la carta no produjo ningún efecto y la boda se celebró, pero, una vez dado el primer paso, nuestro héroe parece haber encontrado su carrera. Se diría subyugado por una suerte de espejismo, como Poprischin. Se entrega con pasión a esa nueva actividad: las cartas anónimas. Se informa de la vida de su jefe, se sume en consideraciones, vierte todo lo que ha ido acumulando en su interior a lo largo de esos años de servicio insatisfactorio, de amor propio herido, de bilis y de envidia. Critica todos los actos del general, lo ridiculiza de la forma más despiadada, y eso en varias cartas, en toda una serie de cartas. ¡Cuánto disfrutaba al principio! Los actos del general, su esposa, su amante, su estúpida manera de llevar el departamento: todo, todo lo describe en sus cartas. Poco a poco se aventura incluso a tratar cuestiones de estado; redacta una carta para el ministro en la que, sin andarse con ceremonias, le propone reformar Rusia. «Sí, el ministro sin duda se quedará impresionado, mi genio le sorprenderá, y la carta tal vez llegue… a ese personaje que… En suma, courage, mon enfant; y cuando se pongan a buscar al autor, me daré a conocer, sin el menor empacho.» En definitiva, se emborracha con sus propias obras y no para de imaginar cómo los destinatarios abren sus cartas y las caras que ponen… En esa disposición de ánimo a veces se permite alguna travesura y a modo de broma escribe a los personajes más ridículos, sin desdeñar siquiera a cierto Yegor Yegórovich, su antiguo jefe de negociado, que estuvo a punto de volverse loco al recibir un anónimo en el que se decía que su mujer tenía una relación amorosa con el comisario de policía local (lo peor es que la mitad de la información podía ser cierta). Así pasó algún tiempo, pero… pero de pronto le asaltó una extraña idea; a saber: que él, Poprischin, no era más que Poprischin, el mismísimo Poprischin, pero un millón de veces más vil, y que todos esos pasquines escritos en su rincón, todo ese poder anónimo que se atribuía, en verdad era un mero espejismo, nada más, y además un espejismo de lo más repugnante, de lo más innoble y nauseabundo, peor incluso que esa locura de creerse rey de España. Y en ese preciso instante se produjo una circunstancia ya seria, no más o menos ignominiosa: «¿Qué es la ignominia? Una nadería; en los tiempos que corren sólo la temen los boticarios»; no, se trataba de algo real y verdaderamente terrible. Es el caso que, a pesar de su discernimiento, no fue capaz de contenerse y, en los tiempos en que estaba tan entusiasmado con su nueva carrera, precisamente después de haber enviado su carta al ministro, dejó escapar un comentario sobre sus misivas, ¿y ante quién? Ante esa alemana, su patrona. Es evidente que no se lo dijo todo, pues ella no lo habría comprendido; sólo alguna alusión, así como de pasada, porque se le desbordaba el corazón; pero cuál no sería su sorpresa cuando, un mes más tarde, un funcionario insignificante de otro departamento, que ocupaba una habitación apartada en casa de la misma patrona, un hombrecillo taciturno y rencoroso, se enfadó de pronto por algún motivo y le dio a entender, cuando se cruzaron en el pasillo, que él —es decir, ese funcionario insignificante— era un «hombre íntegro y no escribía cartas anónimas como ciertos señores». ¡Figúrense! Al principio no se asustó mucho; al contrario, después de sondearlo —condescendiendo, con ese fin, a una reconciliación más bien humillante—, pudo convencerse de que apenas sabía nada. Pero… ¿y si después de todo sabía algo? Además, hacía ya tiempo que en el departamento corrían rumores de que había alguien que enviaba cartas insultantes a las autoridades sirviéndose del correo local, y que tenía que ser sin falta alguien que trabajaba allí. El desdichado empieza a cavilar y hasta es incapaz de conciliar el sueño por la noche. En suma, puede uno imaginarse con particular nitidez su tormento interior, su desconfianza, sus meteduras de pata. Por último, adquiere casi la convicción plena de que todo el mundo conoce su secreto y de que, si no lo dicen, es porque esperan el momento oportuno; pero que su expulsión del servicio ya está decidida, que, naturalmente, no se contentarán con eso; en definitiva, está al borde de la locura. Y he aquí que un día, hallándose en la oficina, siente que su corazón se anega de un rencor casi ilimitado por todos y por todo: «Ah, gente despreciable y malvada —piensa—, ¡cómo se puede fingir de ese modo! Porque todos saben que soy yo; lo saben del primero al último; lo comentan en voz baja cuando paso junto a ellos, conocen el documento que ya me tienen preparado en el despacho del director y… ¡se hacen los tontos! ¡Me lo ocultan todo! Quieren pasar un buen rato viendo cómo me echan… ¡Pero eso no sucederá! ¡No sucederá!». Y hete aquí que al cabo de una hora tiene que llevar casualmente un papel al despacho de su excelencia. Entra, deja respetuosamente el papel sobre el escritorio; el general está ocupado y no le presta atención; él se da media vuelta para marcharse sin hacer ruido, pone la mano en el pomo… pero de pronto, como si cayera al abismo, se arroja a los pies de su excelencia, cuando un segundo antes no tenía la menor intención de dar un paso semejante: «De todos modos estoy perdido. ¡Es mejor que lo confiese yo mismo!». «Hable bajo, excelencia; hable bajo, se lo ruego. Que no se entere nadie allí fuera; ¡voy a contárselo todo, todo, todo!», implora como un loco ante su atónito superior, al tiempo que le tiende ridículamente las manos. Y de pronto, de forma entrecortada e inconexa, temblando de pies a cabeza, lo confiesa todo de la forma más necia, dejando absolutamente estupefacto a su excelencia, que jamás había sospechado nada. Pero incluso en esa tesitura nuestro héroe se mantiene fiel a su carácter, pues ¿por qué se ha arrojado a los pies del general? Porque está enfermo, desde luego, porque le atormentan las sospechas, pero sobre todo porque —a pesar de su miedo, de su humillación y de su sentimiento de culpa— sigue figurándose, como un pobre idiota emborrachado de presunción, que su excelencia, después de escucharle, maravillado de su genio, por decirlo así, iba a abrirle los brazos, a tenderle esa mano que ha firmado tantos documentos útiles a la patria y a apretarlo contra su pecho. «¡A qué extremo has llegado —diría—, desdichado joven lleno de talento! ¡Ah, la culpa de todo es mía, mía, por no haber reparado en ti! Asumo toda la culpa. ¡Ah, Dios mío, qué cosas se ven obligados a hacer nuestros jóvenes de talento por culpa de nuestro viejo orden y nuestros viejos prejuicios! Pero ven aquí, déjame que te abrace; comparte conmigo mi puesto y… y reformaremos el departamento de arriba abajo.» Pero no fue eso lo que sucedió. Más tarde, mucho tiempo después, acosado por la humillación y el oprobio, al recordar el puntapié que el general le había propinado en plena cara, acusaba casi sinceramente al destino y a sus semejantes: «Una vez en la vida —se dirá— abrí mi corazón a los hombres, ¿y qué recibí a cambio?». Puede uno imaginarse un desenlace de lo más natural y moderno: por ejemplo, una vez expulsado del servicio, acepta contraer un matrimonio ficticio, por una cantidad de cien rublos, de suerte que después de la ceremonia él se irá por un lado y ella por otro, con su verdadero señor. «Y todos felices y contentos», como dice un comisario de Schedrin en un caso similar.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker