Diario de un escritor

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CAPÍTULO SEGUNDO

IUNAS PALABRAS MÁS SOBRE LA DISGREGACIÓN.LA OCTAVA PARTE DE ANNA KARÉNINA.

En nuestros días, muchos rusos instruidos se han acostumbrado a decir: «¿Qué pueblo? ¡Yo también soy pueblo!». En la octava parte de Anna Karénina, Levin, el héroe predilecto del autor de la novela, dice de sí mismo que él también es pueblo. Hace algún tiempo, hablando de Anna Karénina, califiqué a ese Levin de «puro de corazón». Sigo creyendo en la pureza de su corazón, pero dudo que sea pueblo; al contrario, ahora me doy cuenta de que, a pesar de todo su amor, lucha por la disgregación. Me he convencido al leer esa octava parte de Anna Karénina, que ya mencioné al comienzo del presente número de julio-agosto de mi Diario. Desde luego, Levin no es una persona real, sino una invención del novelista. No obstante, ese novelista, que tiene un inmenso talento, un ingenio notable, y es un hombre respetado por toda la Rusia culta, se sirve en parte de ese personaje ideal, es decir, inventado, para exponer su propia visión de la realidad rusa contemporánea, como advierte cualquier lector de esa notable obra. Así pues, al juzgar a ese Levin inexistente, también estamos juzgando la visión que tiene de la realidad contemporánea uno de los rusos más notables de nuestra época. Y eso constituye ya un tema de debate muy serio, incluso en estos tiempos tan agitados, tan llenos de acontecimientos impresionantes, pasmosos, que se suceden sin apenas pausa. La visión de un escritor ruso tan relevante, y en especial sobre un asunto tan importante para todos los rusos como el movimiento nacional que, en estos dos últimos años, ha unido a todos los rusos en torno a la cuestión de Oriente, se expresa de manera precisa y definitiva en esa octava y última parte de su obra, rechazada por la redacción de El Mensajero Ruso porque las convicciones del autor no coincidían con las suyas, y que ha aparecido recientemente en volumen aparte. Si no he entendido mal, las tesis esenciales del autor, en lo fundamental, pueden resumirse del siguiente modo: en primer lugar, que el pueblo no comparte en absoluto los objetivos del llamado movimiento nacional, que ni siquiera los comprende; en segundo, que todo eso lo han fabricado de manera deliberada ciertos personajes conocidos, a los que luego han apoyado los periodistas por interés, pues de ese modo podían captar más lectores; en tercero, que todos los voluntarios eran unos irresponsables, unos borrachos o simplemente unos imbéciles; en cuarto, que todo ese pretendido movimiento nacional ruso a favor de los eslavos no sólo ha sido fabricado por personas conocidas y apoyado por periodistas venales, sino que se ha creado, por decirlo así, en contra de nuestros principios fundamentales; y en quinto y último lugar, que todos los actos de barbarie y las atrocidades sin precedentes cometidas con los eslavos no pueden despertar en nosotros, rusos, ningún sentimiento espontáneo de compasión, que «ese sentimiento espontáneo a favor de los eslavos oprimidos no existe ni puede existir». Ese último punto se expresa de manera taxativa y categórica.


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