Diario de un escritor
Diario de un escritor En suma, las dudas han terminado; a partir de ahora Levin tiene fe. Pero ¿en qué? Todavía no lo ha definido con precisión, mas ya cree. No obstante, ¿es eso fe? Él mismo se plantea alegremente esa cuestión: «¿Acaso es eso fe?». Hay que suponer que todavía no. Más aún: es harto dudoso que los hombres como Levin puedan alcanzar una fe definitiva. A Levin le gusta considerarse pueblo, pero es el hijo de un señor, de un señor moscovita de clase media alta, cuyo historiador por antonomasia ha sido el conde L. Tolstói. El campesino no puede decir a Levin nada nuevo, pero en cualquier caso le sugiere la idea, y de esa idea arranca su fe. Eso solo debería haber hecho ver a Levin que de modo alguno es pueblo y que no puede decir de sí mismo: «Soy pueblo». Pero ya nos ocuparemos de esa cuestión más adelante. Sólo quiero decir que los hombres como Levin, por mucho que hayan vivido entre el pueblo o junto al pueblo, nunca se transformarán plenamente en pueblo; más aún, muchos de sus rasgos no los entenderán jamás. No basta con pensar que uno mismo forma parte del pueblo o con tratar de llegar a serlo mediante un acto de la voluntad, por lo demás bastante excéntrico. Puede ser un propietario, y un propietario laborioso, que conoce las faenas de los campesinos, es capaz de segar y enganchar una carreta y sabe que la miel en panal se sirve con pepinillos frescos, pero, por mucho que lo intente, en su alma seguirán quedando rastros de lo que, a mi juicio, puede llamarse ociosidad, la misma ociosidad, física y espiritual que, por más que le pese, ha recibido en herencia y que, naturalmente, el pueblo descubre en cualquier señor, pues no lo ve con nuestros propios ojos. Pero de esa cuestión me ocuparé también más adelante. Y volverá a destruir su fe, la destruirá él mismo; no le durará mucho: de pronto surgirá cualquier nuevo escollo y todo se irá a pique. En sus primeros pasos por la vida, Kitty dio un traspiés; ahora bien, ¿por qué lo dio? Si tropezó, es que no podía dejar de hacerlo; no cabe la menor duda de que ese traspiés se debió a esta o aquella razón. Es evidente que en este caso todo dependió de leyes que pueden definirse con total precisión. Y si eso es así, resulta que la ciencia está por todas partes. ¿En qué lugar queda entonces la providencia? ¿Qué papel desempeña aquí? ¿Dónde está la responsabilidad humana? Y si la providencia no existe, ¿cómo puedo creer en Dios? Etcétera, etcétera. Coged una línea recta y seguidla hasta el infinito. En suma, esa alma honrada es el alma más ociosa y caótica que pueda imaginarse, de otro modo no sería un señor ruso cultivado de nuestra época, y además de las capas medio altas de la nobleza.