Diario de un escritor

Diario de un escritor

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

CAPÍTULO TERCERO

IITOUT CE QUI N’EST PAS EXPRESSÉMENT PERMIS EST DÉFENDU[91]

La guerra le fue declarada a Turquía el año pasado no por Rusia ni en Rusia, sino en los países eslavos por los príncipes gobernantes eslavos, es decir, por los soberanos príncipe Milan de Serbia y príncipe Nikolái de Montenegro, que tomaron las armas contra Turquía por las persecuciones, atrocidades, saqueos y masacres inauditos infligidos a los eslavos dependientes de ellos, incluidos los herzegovinos, a quienes esas mismas atrocidades obligaron finalmente a levantarse contra sus opresores. Las torturas y masacres inauditas que han sufrido los herzegovinos son de dominio público en toda Europa. Las noticias de esos horrores llegaron también a Rusia, donde primero las conocieron las clases cultivadas y finalmente el pueblo. Su carácter inusitado hizo que se difundieran por todas partes. Llegaron informaciones de que cientos de miles de personas, ancianos, mujeres embarazadas y niños abandonados, habían dejado sus hogares, cruzado la frontera de Turquía y buscado refugio en cualquier país vecino al que hubieran podido llegar, sin pan, sin techo, sin ropa, llevados por ese miedo puramente animal del instinto de conservación. Los príncipes, la Iglesia y los representantes eclesiásticos alzaron su voz en apoyo de esos desdichados y se pusieron a recaudar fondos. Nuestro pueblo también empezó a hacer donativos; las ofrendas confluyeron en lugares específicos, redacciones de revistas, secciones de antiguos comités eslavos: y en esa actividad no había nada ilegal, antigubernamental o inmoral. Al contrario, me atrevería a decir que no era más que una buena acción. Por otro lado, ni Rusia ni nadie en Rusia tiene la culpa de que esos príncipes eslavos hayan emprendido una guerra contra Turquía. Es verdad que uno de esos dirigentes, en concreto el príncipe Milan de Serbia, no era un gobernante plenamente independiente; más bien estaba sometido al sultán por ciertos vínculos de vasallaje, de suerte que en un periódico ruso le acusaron amargamente de ser un rebelde, por decirlo así, y, para cubrirlo de oprobio y de vergüenza, afirmaron que se había sublevado contra su «soberano». Pero, una vez más, eso sólo atañe al príncipe Milan, que es el único que debe responder. Ni Rusia ni nadie en Rusia ha declarado la guerra del año pasado; en consecuencia, no se ha causado ninguna ofensa al sultán. Cierto que entre tanto los donativos no dejaban de afluir, pero eso ya es otra cuestión. Mas he aquí que, de pronto, un general ruso que en ese momento no estaba en activo, hombre aún de mediana edad y que sólo ostentaba el grado de mayor-general, aunque había alcanzado cierta notoriedad por sus campañas anteriores, bastante felices, en Asia central, se trasladó por propia iniciativa a Serbia y ofreció sus servicios al príncipe Milan. Fue aceptado y enrolado, si bien no en calidad de comandante en jefe del ejército serbio, como pretendía un rumor muy persistente entre nosotros. Entonces empezaron a acudir voluntarios rusos, aunque sin duda no eran los primeros, pues ya los había habido antes, es decir, antes de la decisión de Chernáev; al mismo tiempo se intensificaron las recogidas de ofrendas, en las que participó toda Rusia. Sólo Dios sabe a cuánto ascendería el número de voluntarios a lo largo de todo el año anterior, aunque no pasaría de unos cuantos miles; no obstante, su partida para Serbia fue saludada por toda Rusia, sobre todo por el pueblo, el pueblo de verdad, no la chusma, como se empeña en afirmar el iracundo Levin; considera chusma a los voluntarios. Pero no hubo nada de eso; las cosas no se hicieron a escondidas, sino a plena luz del día; todo el mundo ha podido ver y convencerse, y todo el mundo, es decir, toda Rusia, ha considerado que se trataba de una buena obra. El pueblo ha dado muestras de tanta nobleza, sensibilidad y buen juicio que todo el movimiento popular del año pasado en beneficio de los eslavos quedará, sin ninguna duda, como una de las páginas más hermosas de su historia. No obstante, defender al pueblo de los Levin, demostrar a éstos que no se trataba de ninguna chusma ni de alborotadores, sino, por el contrario, de hombres conscientes de su decisión… demostrar todo eso, en mi opinión, es totalmente superfluo e innecesario; más aún, hasta resulta ofensivo para el pueblo. Lo principal es que todo se ha hecho abiertamente, a la vista de todos: se han producido hechos sorprendentes, reveladores, que han sido registrados, que quedarán en la memoria y no se olvidarán, que no pueden ponerse en duda. Pero ya hablaremos del pueblo más adelante; en cuanto a los voluntarios, ¿cómo no iba a haber, junto a quienes se disponían a emprender un sacrificio supremo en beneficio del prójimo (como Kiréiev), algunos calaveras, aventureros, juerguistas, etc.? Hubo de todo, como siempre y en todas partes. A decir verdad, todavía no se ha hecho el recuento de los borrachos, juerguistas y gandules, si es que los hubo entre los voluntarios que marcharon a un lugar tan lejano a ofrecer su vida por una causa noble, de modo que no hay razón para pronunciar juicios tan contrarios e incluso infamantes. Pero afirmar que los voluntarios del año pasado eran todos unos juerguistas, unos borrachos y unos perdidos carece, cuando menos, de sentido, ya que, vuelvo a repetirlo, las cosas no se hicieron a escondidas, sino a la vista de todos. En cualquier caso, es evidente que el año pasado ningún ruso declaró la guerra a ninguna potencia vecina a espaldas del gobierno. Iván Ivánovich Ragózov y la condesa Lidia Ivánovna no habrían podido declarar la guerra a los turcos, aunque hubiesen querido. Más aún, ni siquiera reclutaron voluntarios, no atrajeron ni contrataron a nadie; cada uno fue de forma plenamente voluntaria, como todo el mundo sabe de sobra. Pero es cierto que ayudaron a los voluntarios, que además enviaron dinero a los países eslavos para socorrer a los desdichados, víctimas de mutilaciones y torturas, y, sobre todo, que ayudaron con su dinero a quienes se habían levantado en armas para defenderse. ¡Claro que es cierto! ¡E incluso lo hicieron con el ferviente deseo de que esas sanguijuelas turcas mordieran el polvo! ¡Sí, por supuesto que es cierto! Pero toda la cuestión se reduce a lo siguiente: ¿fue eso una declaración de guerra? Y, en caso de que no lo fuera, ¿había prohibido el gobierno todas esas actividades? Es decir, ¿había prohibido ayudar con dinero a quienes luchaban al lado de los cristianos y deseaban que los turcos mordieran el polvo? Una vez más pienso que esas actuaciones no estaban prohibidas, pues todo se hizo a plena luz del día; todos lo vieron, todos participaron, y los voluntarios recibieron su pasaporte para el extranjero de manos del propio gobierno. Por lo demás, no sé si habrá una ley que rece así: «Los particulares no pueden tomar parte en una guerra sin autorización del gobierno», es decir, no pueden entrar al servicio de un soberano extranjero sin una autorización especial de su gobierno. Es posible que exista realmente una ley de ese tipo, una ley muy antigua que aún no ha sido derogada; pero entonces el gobierno podría haber invocado esa ley. Así pues, ¿qué tiene que ver Levin con todo eso? ¿En qué medida le afecta? Y sin embargo, es precisamente eso lo que le preocupa.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker