Diario de un escritor
Diario de un escritor Bueno, supongamos que de todo eso surja la verdad, y que surja mecánicamente, por decirlo de alguna manera, a través de un proceso de lo más ingenioso; pero en tal caso es posible que el público se haya congregado en la sala para asistir a un espectáculo, para admirar ese proceso mecánico e ingenioso; escucha embelesado, por ejemplo, cómo el talentoso abogado defensor miente tan fantásticamente contra su conciencia y está a punto de ponerse a aplaudir desde sus asientos: «¡Hay que ver qué bien miente ese hombre!». Pero ese espectáculo va sembrando entre el público el cinismo y la falsedad, que imperceptiblemente acaban arraigando en sus corazones. Se vuelven sensibles no a la verdad, sino al talento, con tal de que les divierta y les distraiga. Los impulsos humanos se embotan, y ya sólo los restablecerán los desmayos aparatosos. Y ahora, imaginad una vez más lo que sucede si el mentiroso tiene un inmenso talento.